Luis Prieto


Es verdad, el escepticismo sobre la suerte del proceso de paz en discusión en La Habana, por representantes del gobierno y de la guerrilla, invade la ciudadanía colombiana.
Se inició con ciertas garantías hace ya casi un año. Entre las más importantes, es que el encuentro entre las dos partes estaría sometido exclusivamente al rigor de una agenda previa, divulgada por el presidente Santos, que dejaba la impresión de una exigencia rigurosa sobre temas pactados. No habría lugar para otros.
El presidente ha pregonado diariamente los éxitos en sus batallas contra los bandoleros de la guerrilla, a quienes ya tenía, según la versión presidencial, reducidos a sus madrigueras. Estratégicamente sería el momento para promover este encuentro y por ende este fin de paz. Pese a que para muchos había dudas, porque era evidente que la seguridad se ha estado deteriorando en forma alarmante. Pero la paz prometida ha sido ilusión nacional.
La actitud inicialmente enérgica del jefe de la delegación del gobierno ha venido bajando de tono y de actitud, a medida que avanza lentamente la discusión. Ahora sumiso, se ha dedicado profusamente a predicar el perdón entre los hombres. Tiene su propio evangelio, al parecer preparando a la población colombiana para que permita, impunemente, a los guerrilleros una marcha victoriosa desde sus guaridas, con sus manos todavía goteando sangre de sus víctimas, hacia el majestuoso parlamento nacional como honoríficos padres de la patria.
A este movimiento el presidente lo llama sapos que hay que tragar, para que los guerrilleros firmen el documento que nos dará la paz. Como las conversaciones en La Habana se convirtieron en un tabú, al cual nadie tiene acceso, se corre el peligro de un documento perverso donde los bandoleros, autores de los crímenes más desalmados que ha tenido Colombia, hayan estampado todo lo que han vociferado durante los encuentros, con altanería y agresividad. Es decir desbaratar al país y construir otro a su medida.
A esto de por sí grave, se suman otras pretensiones guerrilleras que con la indolencia altisonante de sus jefes y el tímido casi silencioso de las respuestas gubernamentales, uno tiene que suponer que la agenda del encuentro la dicta la subversión. Cada paso ha de ser autorizado por la jefatura alzada en armas.
Como el pueblo colombiano ignora lo que se cuece en estos encuentros y la única voz que sale al aire y con altos decibeles es la de la guerrilla, el ciudadano común tiene que deducir por suposiciones, y lo que deduce parece no estar muy lejos de la realidad.
El único punto que se dice aprobado por las partes, pero con vacíos, es el del campo agrícola. ¿Qué pasó allí? ¿El campo fue considerado solo como un generador de empleo huérfano de técnica y competitividad, como quieren los guerrilleros? ¿Qué tal la idea de que Colombia posee tierras aptas para la alta producción mecanizada de alimentos, con capacidad de satisfacer un mundo ávido, pero vetada por los dirigentes guerrilleros?
Es verdad lo que advierte el presidente Santos. La paciencia del pueblo colombiano tiene límites. Esos límites se están agotando si no es que ya están agotados. Algo mortal para el referendo mediante el cual se sometería el acuerdo de paz a la voluntad popular, tal como lo tiene planeado el presidente.
Si el solo caso del uso de la tierra lleva un año de discusiones sin acuerdo total, ¿cuánto tiempo se tomará un consenso para las pretensiones de la guerrilla, de pasar, como en un salto de garrocha, de sus centros criminales a las sillas del Congreso? Pretensión sin voto alguno, con sus manos ensangrentadas, con secuestrados a discreción, sus pecados y sacrilegios perdonados de repente. Un acuerdo imposible, pero que con la presión de una época electoral y la presencia de amigos en altas posiciones burocráticas, se convierte en factible. Seguramente las deliberaciones serán más que eternas. Como de antemano siempre han sido eternas para toda la agenda que estas gentes han tenido en su mente como su orden del día.
Que la guerrilla está trabajando con el infinito es fácil deducir, si a lo anterior se añaden dos temas gordos: el negocio de la producción, exportación de droga, negocio que ha hecho multimillonarios a sus cabecillas. Y el más gordo, la sumisión y entrega de las armas.
El gobierno tiene que cuidarse. Todo este teclado está en la mira de la Corte Internacional de Justicia, como lo advirtió uno de sus fiscales en carta que tiene nervioso al señor presidente. También tener en cuenta las declaraciones del eminente magistrado de la Corte Constitucional colombiana, Nilson Pinilla.
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