Jaime Alzate


Muy difícil poder definir si lo que estamos viendo en el inicio de las conversaciones de paz, a las cuales se ha lanzado el presidente Santos en un abierto desafío a su suerte, lo mueven a uno a sentir un afortunado optimismo o al contrario un tenebroso pesimismo.
Desde el primer momento en que el Dr. Santos informó al país sobre las negociaciones que venía sosteniendo con los subversivos desde hace varios meses, me di a la tarea de hacer una lista de hechos por los cuales debería sentir, o satisfacción o rechazo. Como lo comenté la semana pasada uno de mis mayores temores era la demostración permanente de prepotencia y crueldad que mostraban los narcoguerrilleros en cada uno de sus sanguinarios ataques a la población civil.
El poco optimismo que sentía me alcanzó hasta la exposición del pasado martes del Presidente, que si bien falló por cierta inclinación a hacer aparecer a las Farc como dispuestas a llegar a una paz duradera y sobre todo sincera, utilizó términos en los cuales se le veía su inmenso deseo de llegar a acuerdos que fueran avalados por el mundo entero, y mediante los cuales los tratados que se firmaran serían de total seriedad y predisposición a vivir en paz. Tuve el mayor índice de alegría cuando el Presidente dio a conocer la lista de los representantes del gobierno en la mesa de negociaciones. Con Humberto de la Calle como comandante de un grupo inigualable de hombres y mujeres patriotas, muy preparados por sus pasadas experiencias y dispuestos a jugarse hasta su propio prestigio para darle a los colombianos la paz, que con tanta ansiedad esperamos todos los días, pensé que las cosas iban a marchar por buen camino.
Lastimosamente todos estos buenos sentimientos me duraron muy poquito. No fue sino que el gran malhechor, más conocido como Timochenko, comenzara el miércoles como estaba programado, con su disertación, para que mi optimismo diera un vuelco de 180 grados. Lo primero que nos habían dicho los secuaces del "Timo" era que se sentarían a la mesa "sin rencores ni arrogancia", pero qué decepción que sentimos cuando comenzamos a oír de principio a fin una andanada de amenazas en el tono más arrogante y grosero, adicionado con una serie de argumentos en los cuales los pobrecitos trataban de convencer al mundo que ellos eran las víctimas de los secuestros, las masacres y los actos de terrorismo que a diario perpetran en este ensangrentado país. Allí comenzó mi pesimismo a revolverse y a empezar a dudar seriamente en los buenos resultados, que por un corto tiempo alcancé a pensar se harían realidad.
Esa noche casi no puedo dormir de echarle cabeza a toda esta situación, y por la mañana del jueves, ansiosamente esperé la rueda de prensa en la que se iban a dar a conocer los nombres de los representantes de la guerrilla en la mesa de negociaciones. Entonces sí que fue cierto que todo se me fue al suelo. Me decía con el corazón herido si era que estaba oyendo mal o era que estos bárbaros ya habían comenzado a pisotear los buenos deseos de los colombianos, y a no perder tiempo en inútiles conversaciones si el país no se les arrodillaba y les pedía perdón.
Ya comentaba la semana pasada sobre la imposibilidad, entre otras cosas, de sentarse a negociar con gentes que siguen en el plan de cometer toda serie de barbaridades. Como testimonio les cuento esta anécdota: hace algunos años tuve el enorme placer de conocer a un palestino llamado Hassan Rahman, quien era la mano derecha de Yasser Arafat y tenía en sus manos, como Comisionado de Paz de Palestina, las negociaciones en medio de una guerra peor que la nuestra por su carácter universal. Hassan venía con frecuencia a Colombia, como me lo decía con cierta sorna, a aprender cómo NO se debe negociar en esta clase de conflictos, y en lo que más me insistía era en la necesidad del cese de hostilidades mientras se negociaba. Pero lo que más lo asombraba -claro que en estos momentos no hemos todavía llegado a eso- era en ver al entonces presidente Pastrana sentado en el Caguán y rodeado de bandoleros con sendas ametralladoras en las manos, entonces me comentaba: el solo hecho de sentarse con el enemigo armado, implica una derrota y es un claro síntoma de humillación que significaba el darse por vencido antes de alcanzar una meta, y eso significa que todo está perdido. El tiempo confirmó esta teoría.
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