Yohir Akerman


He cantado olé en la plaza, gritado torero y sentenciado: ¡éso matador! He pedido música a la presidencia para celebrar una faena, demandado por medio del pañuelo una oreja y lanzado la bota a la cuadrilla como muestra de celebración y respeto.
He disfrutado unas banderillas certeras, elogiado un elegante tercio de capote y aplaudido un toro bravo y decidido.
Confieso que he gozado la feria de Manizales y que lo he hecho con la mejor compañía, disfrutándola en familia. No lo voy a negar. Por eso no tomo en el tema de los toros una posición moralista, sino una práctica y real.
La fiesta taurina, como la conocemos, tarde o temprano se va a acabar o transformar radicalmente. Aunque es un espectáculo sublime, es recíprocamente salvaje. Eso no se puede dudar.
Y en una sociedad como la colombiana, la regulación tiende, muchas veces de manera errada, a prohibir lo que a la mayoría no le gusta o le asusta.
Los toros son un tema de una minoría selecta y sofisticada. No de las mayorías. Con el agravante que cada vez es menor la asistencia a estos eventos. El reto más grande de los toros no es la prohibición, sino su propia extinción por falta de público y no ser rentable. Pero ese es otro tema.
Ahora bien, aunque los argumentos para defender la fiesta brava son tan buenos como los que hay para atacarla, se trata de un tema de desarrollo de la sociedad, en donde cada vez hay más sensibilidades y regulación para la protección de los derechos de los animales sobre los derechos de libertad. Eso no se puede negar.
Defender la tauromaquia únicamente por su larga tradición es un sinsentido que niega el concepto de evolución de la sociedad, sugiriendo que aquello que siempre ha sido no puede cambiar. Errado.
Sin embargo, atacar la fiesta brava simplemente porque no se comparte el sentido del espectáculo, es pararse en un extremismo irracional donde se intenta prohibir todo con lo que no se está de acuerdo.
Las corridas de toros son una constante danza con la muerte, una batalla hombre animal cargada de estética y espectacularidad. Pero no se puede desconocer que son eventos enmarcados por la celebración y festejo de la audiencia de la muerte de los toros que, sin duda, padecen dolor. Así de claro y de sencillo.
Es cierto que con la prohibición de las corridas se está condenando a esa especie a la extinción. El toro de lidia desaparecería porque no es económicamente viable para los ganaderos, ni lo suficientemente pacífico como para liberarlos en el campo. Pero la muerte ronda a la vida y termina siempre por derrotarla, por eso es probable que la sociedad tenga menos problemas con el fin de esa especie de esa manera, que con el consecutivo y gradual espectáculo donde el hombre mata uno por uno. Sin duda hay una doble moral.
Eso hace que, tarde o temprano, para bien o para mal, los días estén contados para la fiesta brava, que será recordada, como hoy lo hacemos con el circo romano y las peleas de gladiadores, como tradiciones espectaculares, pero salvajes, que un día tuvo la sociedad y que en su evolución y desarrollo prohibidas por violentas.
No admitirlo es seguir en el romanticismo y en la ilusión.
Y eso plantea un reto importante para una ciudad como Manizales que desde ya debe iniciar la discusión de ese futuro escenario para que su Feria, en donde se muestra lo mejor de la ciudad, pueda reforzarse a ser un evento que no solo gire en torno al espectáculo taurino.
Hay una buena base para esto. Los conciertos y fiestas que giran en torno a estas fechas, la feria de artesanías y otras muestras que entrega la ciudad para dar la bienvenida a los turistas y a sus locales, es un principio, pero no el suficiente. Hay que fortalecerlo.
Y para eso se necesita mejor infraestructura, un aeropuerto de verdad y otros proyectos que los alcaldes de la ciudad han estado en mora de entregar.
No prepararse para el fin de las corridas es cerrar los ojos y esperar la cornada, en vez de abrirlos y agarrar, valga la metáfora, el toro por los cachos.
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