Eduardo García A.


La plaza de la Bastilla se llenó para celebrar el triunfo del socialista François Hollande en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 6 de mayo pasado. Todas las avenidas y calles adyacentes estaban repletas de gente y era difícil penetrar al corazón de la rotonda, mientras un río de franceses viejos, jóvenes, de origen árabe o africano, de París o de provincia, artistas, obreros, albañiles, profesores, amas de casa, desembocaban como un tsunami sobre la explanada.
En la base del monumento desde hace horas están instalados centenares de jóvenes de todas las razas y orígenes agitando banderas, mientras arriba el áureo genio alado de brazos al aire y coturnos voladores saluda a la población que llena la plaza. No son frecuentes los momentos históricos, pero este es uno de ellos, que sobrepasa el marco local porque tiene consecuencias para una Europa encerrada en el dogma desde hace una década.
Los sindicatos y las asociaciones instalaron puestos de donde sale la humareda de la fritanga, el olor de merguez, salchich, chorizo y papas fritas, que consumen con cerveza los avorazados militantes que han estado todo el día de un lado para otro esperando los inciertos resultados. Suena la música, llega la fiesta.
La gran mayoría de los presentes son jóvenes menores de 30 años que no habían nacido cuando en 1981 ganó François Mitterrand por primera vez la presidencia para los socialistas y solo han conocido diez años consecutivos de gobiernos de derecha y la tensión del último lustro marcado por un gobierno nervioso, caótico, arrogante, que ponía a unos contra otros, blancos contra negros, cristianos contra árabes, campesinos contra citadinos, y trataba de borrar las múltiples conquistas sociales y culturales logradas en un siglo de luchas.
Los rostros de esos jóvenes y sus palabras espontáneas expresaban la alegría de ser ciudadanos y haber conquistado en un largo año de campaña sucia y agresiva un objetivo que parecía inalcanzable ante la soberbia de quienes gobernaban.
Durante años se acusó a los pobres de aprovecharse de la beneficencia social, a los estudiantes de no estudiar, a los profesores de no enseñar, a los sindicalistas de no trabajar, a los empleados públicos de vegetar y a los extranjeros de quitar el pan de la boca a los nativos. Pero al mismo tiempo, ese mismo gobierno reducía los impuestos a ricos y a grandes empresas creando un boquete fiscal, les devolvía millones a los potentados amigos y otorgaba créditos baratos o sin intereses a los bancos que casi llevan a la ruina al país al invertir en títulos tóxicos y especular a diestra y siniestra.
Más del 80 por ciento de la población acudió a las urnas, por lo que cuando apareció en las pantallas la figura de Hollande todos comprendieron que se trataba de un gran triunfo histórico y legítimo y que el miedo que la derecha quiso inocular a la población no tuvo resultado: fue el triunfo de la concordia en vez del odio, la unidad y la solidaridad en vez de la división y la serenidad y la modestia en vez de la histeria y la megalomanía arribista.
La victoria de Hollande es aún más meritoria pues no le debe nada a nadie y su larga marcha comenzó de cero, cuando hasta su propios compañeros de partido lo despreciaban y se burlaban de él con apodos, considerándolo un cadáver político.
Este hombre de 57 años que dirigió el partido durante 10, era considerado un político de segundo rango frente a los llamados "elefantes" y cuando dejó la secretaría general del mismo quedó en la marginalidad, confinado en su feudo de Tulle, en el departamento de Correze, en el centro del país, y empezó para él la "travesía del desierto".
En ese entonces el gran favorito para candidato de su partido era el imbatible Dominique Strauss-Kahn, jefe del Fondo Monetario Internacional, pero él inicio su larga marcha solitario, dispuesto a darle la batalla ante las risas de muchos. Poco a poco subió en las encuestas pues hacía una campaña modesta de pueblo en pueblo. La caída en desgracia de Strauss-Kahn por un escándalo sexual lo dejó de repente como única alternativa y en unas primarias nacionales obtuvo en franca lid la candidatura socialista.
Este martes cumplirá el sueño de ingresar al palacio del Elíseo y suceder a De Gaulle, Pompidou y Mitterrand en un contexto de crisis europea grave, cuando Grecia cae al precipicio y la Comunidad Europea se debate para encontrar soluciones ante la mirada de buitres de las poderosas fuerzas financieras mundiales.
Su triunfo es una victoria para Europa, pues vuelve a barajar las cartas de las ideas y las soluciones. Mientras la derecha pide austeridad y más austeridad a los pobres, Hollande cree que es necesario aumentar el poder adquisitivo y generar crecimiento, tal y como en su momento planteó el gran Keynes para sacar a Europa de la ruina de la post-guerra en tiempos del New Deal.
Con Hollande vuelve la tolerancia, la inclusión del otro, la solidaridad, el rescate de la juventud, la cultura y la negociación con los sindicatos, así como las temáticas humanistas y humanitarias que tanto detesta la derecha agitada por los fanáticos iluminados.
Su tarea será muy difícil y su gobierno encontrará múltiples obstáculos, pero su idea de ser un presidente "normal" que busca consensos es mucho más saludable para los tiempos de crisis que el dogma de los potentados, quienes desde sus yates creen que excluyendo se progresa.
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