Francisco Santos


No sé por qué algunos se sorprenden con lo sucedido en Venezuela. El presidente Hugo Chávez, en un estado indefinido de salud, desde una habitación de un hospital en Cuba hoy gobierna a Venezuela. Los venezolanos no saben si está vivo o muerto. Si respira por cuenta propia o si tiene si quiera actividad cerebral. Pero sin posesionarse sigue, como el caudillo latinoamericano que es, de presidente de una pobre nación que la verdad ha estado acostumbrada a este tipo de gobernantes.
La historia venezolana tiene dos ejemplos en este siglo de dictadores que con Chavéz la única diferencia que tienen es el nombre y que robaron mucho, muchísimo, menos. Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez son el prototipo o, mejor aún, el espejo en el que se debe mirar y analizar a Chávez. Es más, Pérez Jiménez, una vez derrocado se refugia en donde su colega dictador Leonidas Trujillo, en Santo Domingo, algo similar a lo que sucede hoy con Chávez, Cuba y los Castro.
Ese clásico caudillo, como el del Otoño del Patriarca de Gabo o La Fiesta del Chivo del nobel peruano Mario Vargas Llosa, que algunos pensábamos las democracias de nuestro continente habían erradicado, regresaron con el vigor histórico que le da el desperdicio democrático de los adecos y copeyanos en Venezuela o las distintas facciones peronistas en Argentina. Cristina Kirchner y Hugo Chávez son desde la izquierda la continuidad de una historia en nuestro continente que va desde Porfirio Díaz en México y Anastasio Somoza en Nicaragua hasta Alfredo Stroessner en el Paraguay.
Como reyes iluminados, no olvidemos que Luis XIV decía: "El Estado soy yo", gobiernan sin ningún control, ningún balance y ningún freno a dos países que poco a poco se desploman económicamente, pero que con el lujo de la soya y el petróleo aún aguantan en el ejercicio egocéntrico y desmedido de poder.
Lo de Venezuela, si no fuera tan dramático, sería para morirse de la risa. Da verdadera grima ver a Nicolás Maduro, un vicepresidente, o una marioneta más bien, moverse al compás de unos hilos que se originan en La Habana. O da grima igual ver al corrupto y multimillonario presidente de la Asamblea, Diosdado Cabello, creerse heredero natural del caudillo, cuando no es más que un gran negociante del poder. Como aves de carroña se alistan para entrar en picada en esa disputa por la sucesión de Chávez.
Y que tal el chorro de babas con que salió la OEA o el silencio cómplice de este sainete del resto de países. Brasil, el supuesto líder democrático del continente, que se rasgó las vestiduras frente a un golpe constitucional de Honduras, ahora dice que la posesión física es puro formalismo. ¿Qué tal? Lo de Colombia igual. Mutis por el foro. ¿Se imaginan que esto sucediera con un presidente que no fuera de izquierda? La verdad cada día les doy más la razón a los cubanos en su desprecio por esta organización multilateral continental. La CIDH, que vela por los derechos de todos, ¿tendrá algo que decir? Seguramente no.
Le queda clara a la oposición venezolana la solidaridad continental que pueden recibir: ninguna. Y queda claro el doble rasero que hay en el continente frente a los gobiernos de izquierda y los que no lo son.
Mientras tanto todos sigamos, como a un culebrón venezolano, esperando si el caudillo revive y regresa triunfante a terminar el desastre que tiene en sus manos. O si, por el contrario, el otro culebrón, el de la sucesión, inicia. Por ahora el gobierno desde la cama, o desde el coma, seguirá manejando el poder en Venezuela. Lo que tampoco está mal, pues peor no lo pueden hacer. Qué vergüenza democrática la que vivimos los latinoamericanos, digna de las repúblicas bananeras del siglo pasado.
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