Yohir Akerman


No nos podemos mentir. Las Farc todavía conservan un ideal político que, alejado de las necesidades reales del país y eclipsado por sus actividades narcoterroristas, sigue siendo un discurso sobre el imaginario que ellos dicen tener de la sociedad y la democracia.
Válido o no, respetable o no, compartible o no, ese es otra discusión. Pero su discurso existe. Y la solución, acertada por cierto, que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos está plantando para el problema de la guerrilla con los diálogos de paz, por ser política y no judicial o de defensa, hace que se legitime de alguna manera esa bandera y esa posición. Un mal necesario.
Las Farc no llegan ni rendidas ni aniquiladas a los diálogos. Aunque disminuidas militarmente, la movilización de la Marcha Patriótica demostró que están lejos de haber perdido el apoyo de unas bases sociales y populares. Increíble pero cierto.
Por eso hay que apostar por el diálogo. Para una vez fuera del monte, se pueda desnudar la miopía política y social que las Farc tienen sobre la democracia.
Será un proceso complejo ya que sus posiciones estarán, como en general, fétidas de alucinaciones y faltas de actualidad por el encierro que se han generado con su propio auto secuestro en el monte.
Ese marxismo-leninismo que las Farc falsamente y de manera errada dicen defender por medio de sus estrategias narcotraficantes, lastimosamente está obsoleto en la actualidad. Por lo menos en esos puntos que a la barata defienden los guerrilleros.
Las palabras que el país ha escuchado atentamente de los comandantes en jefe y de los miembros del Secretariado que han pasado por los micrófonos antes de terminar muertos o estar próximos a estarlo y ser reemplazados por otro, han sido tan alejados del resto de Colombia que ni siquiera han sido entendidas, en su mayoría, por sus audiencias: la sociedad, el gobierno y el pueblo. Ese último que dicen, falazmente, representar.
Sus planteamientos socioeconómicos, al igual que las de otras organizaciones terroristas en el mundo con atuendos políticos como Hamas, Hezbolla, la desarmada Eta, Abu Sayyaf o Al-Qaeda, son alejados de la realidad global, dogmáticos, repetitivos y recalcitrantes.
Las Farc ni el Eln han aportado una sola idea concreta y real para que se dé un cambio estructural positivo en el país.
Por eso se puede esperar que las peticiones y posiciones de la guerrilla en la mesa de negociación sean, como en el pasado, un arcaico grupo de palabras que, en unos casos no representan los intereses de nadie de la sociedad y, en otros, ya están incluidos dentro de la legislación y el funcionamiento democrático.
Un reto de esta negociación. Del diálogo entre dos. De la discusión necesaria para llegar a la esperada solución del conflicto.
Vale intentarlo por el dulce sabor embriagador que produce la esperanza del fin de este conflicto. Pero sobre la base de una agenda real que, como ya han anunciado los representantes del gobierno, puede incluir participación política futura de los que se desarmen, y de esa manera, ya como exguerrilleros y sobre el terreno de la democracia se pueda medir, electoralmente, su discurso que seguramente no tendrá mucha acogida sin las balas y el narcotráfico como interlocutores.
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