Fanny Bernal Orozco


En un viejo barrio de San Luis Potosí vivía, hace más de un siglo, una esforzada mujer, llamada María, con su esposo Galdino y sus seis hijos. Le gustaba que su modesta casa siempre estuviera limpia y que los pequeños lucieran impecables.
Todos los días, cuando Galdino se iba a trabajar, María se ponía a lavar un montón de ropa en los lavaderos del edificio. Era un esfuerzo muy pesado, pero se sentía feliz cuando terminaba de hacerlo. Un día estaba en especial agotada. Así que cuando acabó de enjuagar blancas camisas, sábanas y manteles, los colgó en dos tendederos a lado y lado del patio y fue a recostarse.
Un momento después llegó al edificio la señora Angélica, la vecina enojona que vivía sola con su esposo, pues no tenían hijos. Aquel día andaba de mal humor y la enfureció ver la ropa en los tendederos.
Fue a su casa por unas tijeras y cortó los dos tendederos. La ropa cayó al suelo y quedó más sucia que nunca. Cuando María despertó, halló las prendas en el piso. Sintió mucha tristeza y no tardó en darse cuenta de que Angélica las había tirado. Pensó en ir a reclamarle, pero reflexionó: ‘Allá ella. Está amargada de tanto estar sola y por eso hace cosas así.’
Admirada al ver que nada pasaba, Angélica se arrepintió de lo que había hecho y al día siguiente fue a visitar a María para ofrecerle una disculpa.
-Perdóname -suplicó Angélica -como en mi familia sólo somos dos, te prometo ayudarte a lavar la ropa de tus muchachos.
-Y yo te ofrezco algo a cambio -respondió María - todas las tardes puedes venir a casa para estar con nosotros. Así no te sentirás tan sola.
Muchos años después, cuando ambas mujeres eran viudas y ancianas, solían recordar con lágrimas cómo había surgido su amistad. Tomado de http://www.esmas.com/fundaciontelevisa/valores/pages/cuentos.html
Cada vez se habla con más frecuencia acerca de la inteligencia emocional, como un camino para aprender a conocer las emociones propias y aproximarse de manera eficaz a la forma de emocionar de las demás personas. Durante muchos años en los escenarios educativos y laborales se ha hablado del coeficiente intelectual como un indicador de la inteligencia.
Por otra parte, autores como Daniel Goleman, Ramiro Calle, Dalai Lama, entre otros, han invertido parte de su tiempo en investigar las emociones y cómo éstas afectan tanto positiva como negativamente el cuerpo físico, la vida y las relaciones en general. El tema ha sido denominado, inteligencia emocional.
Aprender sobre las emociones, es una labor que requiere más que lecturas sobre el tema, es realizar ejercicios de auto observación, es quizás invertir tiempo en escribir sobre las sensaciones más frecuentes, es cultivar relaciones con personas con las cuales se pueda hablar sin tapujos, es tener la voluntad suficiente para hacerse la vida mejor, incluyendo por supuesto a quienes viven alrededor.
Las emociones tienen la propiedad de informarnos cómo nos sentimos frente a las diversas situaciones que se presentan diariamente en la vida. El enojo, por ejemplo permite darse cuenta de la manera de qué es lo que se tiene para reaccionar ante cualquier suceso.
Así entonces, dolor, rabia, miedo, celos, deseos de venganza, envidia, avaricia, egocentrismo, vergüenza, culpa, alegría, amor, todas ellas informan, indican, dan señales, que en la mayoría de las veces no son tenidas en cuenta, por los trajines constantes del día a día, por las racionalizaciones que son usadas con inusitada frecuencia, por la indiferencia consigo mismos, o por el miedo a sentir y por qué no también, a vivir.
-¿Ha pensado cuánta inteligencia emocional hace falta a los líderes de nuestro país?
-¿ Cuántas muertes se podrían prevenir sin las venganzas?
-Le invito a que piense, cuántas emociones perturbadoras nos ahorraríamos si éste fuese un tema conocido y aprehendido en los espacios educativos y familiares.
*Psicóloga
Profesora Titular Universidad de Manizales
fannybernalorozco@hotmail.com
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