Pedro Felipe Hoyos Körbel


Si enfocamos la importancia de la recuperación del centro histórico de Manizales desde lo estético y atracción turística, no cabe duda que la gran joya del centro histórico, o mejor Distrito Histórico, es la Catedral. El valor artístico de este complejo edificio, que no hemos sido capaces de terminar, radica principalmente en sus vitrales. Era hora pues de señalar su importancia y contribuir a su difusión, que a la vez significa su preservación.
Entrar a la Catedral es una experiencia harto sensible. Bien puede entrar a oír misa y ser común receptor, o puede hacerse presente y dejar que ese edificio lo involucre en un interesantísimo diálogo. Es la Catedral la continuación de una cultura que supo sumar el arte y la religión de una forma muy definida, pues tiene raíces en la época que estos eran sinónimos. A los manizaleños de hoy les es difícil recrear esa unión, viven en tiempos donde la iglesia sufre el inicio de un marginamiento de la vida social. Muchas cosas, en estos días, son más importantes que la fe y su expresión, y a lo largo de esa turbulencia se están desechando valores, contenidos y conocimiento sin saber cómo se llenará ese espacio, por no llamarlo vacío. Cuando se empezó con esta Cátedra Catedral de Manizales, hace dos años, se insistió en la interesante simbiosis entre fe y civismo presente en este edificio, porque fue la voluntad de un pueblo erigir un templo de estas sorprendentes dimensiones para venerar a ese Dios único. Hoy se quiere sumar otro aspecto a esa nueva actitud: conocimiento, se habla entonces de la Catedral como tema de estudio. Un objeto que puede ser abordado por la investigación científica para dimensionar mejor esta gran obra. Comprender la Catedral es captar la ciudad.
Los vitrales son un género de las artes plásticas, así como lo son la pintura al óleo o la escultura. Su desuso se explica debido a que es una expresión artística que tuvo su época dorada cuando la religión era un elemento clave en las sociedades. Son los vitrales el arte más bello que ostenta la arquitectura religiosa en Europa. Su esencia, que en sí es una metáfora que involucra a la luz como vehículo, le da una singular categoría. Los avances tecnológicos y comerciales acontecidos en el ocaso de Roma permitieron que el vidrio, como objeto de lujo de los ciudadanos del Imperio, estuviese disponible en la Edad Media para convertirse en el material de construcción que reemplazó los gruesos muros de las rediseñadas basílicas romanas que albergaban al nuevo Dios.
El extraordinario esfuerzo que hizo Manizales, cuando era rica y poderosa, para subsanar los destructores incendios, consistió en buscar la grandeza la resolución de ese conflicto fincados en la religión. El templo principal de la nueva ciudad tenía que ser más grande y ostentoso que la edificación anterior, y en materiales resistentes al fuego. Sabían los manizaleños que si lograban refundar a la ciudad con éxito, merecían ser considerados grandes, ya que la ciudad sería un portento. Por eso el afán de buscar el mejor diseño para esa obra central de la reconstrucción. Se puede decir que las llamas de los incendios pusieron a hervir el sentimiento cívico de los habitantes de la desafortunada ciudad. Solo lo mejor era aceptable para aquellos hombres y mujeres que todavía estaban viviendo entre escombros calcinados. Se pensó en una catedral que no tuviese nada que envidiarle a un templo de Europa, cuna de nuestra civilización. En esos días se pensaba que si se lograba la reconstrucción de la cuidad, esta tendría derecho de figurar dentro de las más destacadas del país. Superó la ambición de Manizales de ser grande, a la fuerza negativa de las llamas.
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