Eduardo García A.


Al observar la campaña presidencial en Francia, que opone al candidato socialdemócrata Hollande al actual presidente Sarkozy, arbitrada en cierta forma por los más de seis millones de votos obtenidos por la extrema derecha del Frente Nacional de Marine Le Pen, lo menos que se puede sentir es "espanto", como lo dijo el viernes el exministro de Relaciones exteriores Dominique de Villepin, conocido por su brillante discurso de oposición a la guerra de Irak en la ONU, en tiempos del presidente Jacques Chirac.
"Espanto" porque en estos años de grave crisis económica de Europa los fantasmas del pasado vuelven a salir de sus sarcófagos, haciéndonos recordar aquellos años 30, cuando se inició el auge de Hitler y creció la figura de Mussolini con sus seguidores falangistas cargados de odio, xenofobia, violencia y repulsión ideológica.
Chirac y otros mandatarios moderados de la derecha republicana europea nunca cedieron a las tentaciones del extremismo, pero esta vez, ante el pánico de una posible derrota ante Hollande, las huestes presidenciales decidieron dar un peligroso timonazo al extremo, incitando al odio del musulmán, el negro, el árabe, el extranjero, el gitano, o sea contra los supuestos beneficiarios de la seguridad social y causantes, según ellos, de la crisis. Incluso se ha querido insinuar que Hollande sería el "candidato de las mezquitas".
Como en esos funestos tiempos del auge fascista, las clases populares son seducidas por el populismo, incitadas de manera irresponsable por líderes que atizan el fuego del odio contra los extranjeros o personas de tradiciones o ideas diferentes, convirtiéndolas en chivos expiatorios, como ocurrió con el pueblo judío en Alemania.
Un líder político, un estadista, en el mejor sentido de la palabra, debe ser como esos buenos patriarcas que buscan antes que todo la serenidad en la tribu e impiden los desbordamientos irracionales. Cuando se atiza el fuego en el bosque, rápido este toma ventaja y termina por devastar todo a su paso, incluso a quienes lo prendieron. Los odios ideológicos en cualquier región del mundo conducen a guerras civiles locales o a conflagraciones entre países.
Europa fue un gran proyecto que tardó décadas en concretarse y tal vez aún puede salvarse, pero hubo una falla en la concepción y su crecimiento y extensión a tantos países frágiles, con poca tradición democrática, terminó por convertirla en un paquidermo enfermo en medio del auge de un sistema financiero mundial delincuencial y especulativo, carente de controles en aras del neoliberalismo.
Esta crisis actual se da en un contexto mundial donde algunos países emergentes como China se benefician de su autoritarismo y el bajo costo del trabajo para competir de manera desleal con los países democráticos que respetan los derechos sociales y humanos. Cuando avanzó la idea comunitaria, Europa era próspera y pujante y vivía años de auge que parecían interminables, mientras en el sur del planeta reinaba la pobreza, la dictadura y el atraso endémicos.
Muchos países europeos, salvo tal vez Alemania, están ahora amenazados y cercados por las fuerzas financieras mundiales y la población vive en la incertidumbre en Italia, Grecia, España, Francia, Inglaterra, Portugal y los países del Este. La juventud carece de esperanzas, las clases medias bajan de nivel de vida, los pequeños empresarios del campo y la ciudad están al borde de la quiebra y sufren.
Los líderes de los extremos les dicen que la crisis se debe al otro, al extranjero, al inmigrante, lo que no es cierto, pero es una idea de fácil aceptación. Dicen: si estamos mal es por culpa del árabe, del negro, del extranjero, cerremos las fronteras, somos cristianos, no nos contaminemos y poco a poco, como en los años treinta ocurrió con el judío, ahora el turno será para el musulmán, nuevo chivo expiatorio, fantasma esgrimido por esos líderes irresponsables y neronianos que invitan al incendio para tratar de conjurar una derrota.
Para obtener votos todo fue posible en esta elección que se decidirá el 6 de mayo. La discusión bajó a un nivel nauseabundo pocas veces visto en una democracia humanista como ésta. Adiós Jaurès, De Gaulle y Mitterrand: la campaña presidencial francesa fue de un nivel tan bajo, que causa "espanto", como bien dice Villepin.
Y aunque los extremismos no triunfen, el veneno fue inoculado. El nuevo presidente deberá lidiar con ese crecido monstruo populista de la extrema derecha, por lo que los años por venir serán difíciles en un contexto de crisis económica para la cual no se vislumbra una pronta solución que vuelva a traer crecimiento y confianza a la población y generosidad en los espíritus.
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