Efrain Castaño


Se llamaba Rodrigo y su apellido era Borgia; había llegado de España y arribó a las altas esferas romanas tras luchas de familias, intrigas, dinero e intervenciones de emperadores poderosos. Ya en el siglo XV su familia figuraba y resonaba en Europa; se había casado, era ya viudo y en Roma nacieron sus dos famosos hijos: César y Lucrecia.
César tenía un corazón soberbio, lujurioso, ambicioso; era peligroso en casa y fuera de ella; Maquiavelo cuando escribió su obra "el Príncipe", manual de gobernante mentiroso se acordó de este César; su hermana Lucrecia no era tan nefasta pero tampoco era un dechado de virtud.
En agosto de 1492 Rodrigo Borgia alcanzaba una meta buscada como poder, riqueza, imperio: fue elegido papa y tomó el nombre de Alejandro VI, de ingrata recordación, mancha dolorosa en la historia del papado, negación de evangelio y pastor.
Una herida en el corazón de la Iglesia, una sombra en el legado del Evangelio, una desviación de la concepción que Jesús de Nazareth tenía del servicio, el amor, la humildad y la pobreza; fue la negación insultante de todo eso que encarna el mensaje del Señor.
Borgia dejó un sello negro en el paso por el papado; el viento suave del Espíritu logró con los años disipar la oscuridad que expandió y distorsionó aquella época de esplendor real y gloria humana, intrigas y sangre; la tempestad fue difícil alejarla, pero se logró.
Siempre me inquieta constatar que muchas personas al hablar de la historia de la Iglesia y del papado se enquistan en este apellido y en este siglo de frío espiritual y oscuridad del amor pastoral. En estos días he leído mucho sobre ellos y me pregunto por qué se olvida otra lista, larga y hermosa, luminosa y límpida de nombres de papas que han llenado de santidad, orden, amor y sello pastoral la historia.
Es más, mucho más, el desfile de papas que han llevado con humildad, precisión, sabiduría espiritual, corazón amoroso, acierto pastoral y pasos de santidad el servicio del sucesor de Pedro.
Un papa Roncalli (Juan XXIII) está lejos de la figura de Alejandro VI y su corte; Pacelli, Montini, Luciani, Wojtyla, Ratzinger, son apellidos que luego toman el nombre papal y dieron lustre al mundo, brillo al evangelio, camino a la Verdad.
Aquellas horas de "horrible noche" cesaron y la historia sigue mirando el desarrollo del papado como valor para la humanidad y guía para el mundo porque es eco del Evangelio.
El nuevo papa con el nombre que tome será continuidad en la Cátedra de San Pedro del deseo de Jesús de continuar el anuncio del evangelio, el llamado a la humanidad al camino del amor, el vivir la fe como fuerza de crecimiento y caminar hacia la santidad formando "el pueblo de alabanza y gloria de Dios". Recibamos con confianza el nuevo papa que viene a "confirmar la fe de los hermanos".
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