Luis Prieto


Hoy todo el mundo habla y escribe sobre la paz y su costo. Razones abundan. El Presidente se apunta a una aventura y tranquiliza al pueblo colombiano diciendo que todo ha sido fríamente calculado. Tanto, que si fracasa, ese fracaso que caiga sobre sus hombros. Para el buen entendedor, significa que ese pago no es otro que la renuncia a su cargo como presidente de Colombia.
De acuerdo con lo que se ha publicado por el propio Presidente que ha sido exhaustivo, como lo que ha sido extraído por los sabuesos de las noticias escritas y habladas, todo principió con algunos contactos del gobierno del presidente Uribe, con cabecillas guerrilleras en las postrimerías de su segundo mandato. No se sabe por qué esta iniciativa no prosperó.
Tampoco es claro cuándo el presidente Santos entró en escena. Su presencia ante los colombianos para dar la noticia, fue después de que, como chiva, fue publicada por su pariente Francisco Santos en su noticiero matinal de RCN y que según dicen las malas lenguas le costó la cabeza. Su contrato fue prestamente cancelado.
Ya las cartas están sobre la mesa y a la vista de propios y extraños. La actitud del Presidente, sus explicaciones y augurios, obligan a una solidaridad que no da cabida a elucubraciones sobre los peligros de la aventura. La firmeza presidencial anima. El que no se arriesga no pasa la mar.
Febrero fue para el gobierno fecha clave. Sin que nadie barruntara, delegados gubernamentales, bajo la monitoría de Juan Manuel Santos ya habían firmado con jefes guerrilleros un acuerdo conciso y claro para discutir la paz. Bajo estos antecedentes y la garantía extendida, los colombianos a una, deben respaldar al Presidente y cruzar los dedos para que todo salga bien. La paz es un bien inmenso hasta ahora negado y la oportunidad para lograrla siempre se ha escabullido entre los dedos de las manos.
Esta paz así planeada, si tiene éxito, será muy costosa. La vida en paz de la cúpula guerrillera tiene toda clase de costos. La garantía ineludible de velar por su seguridad y manutención, para sí y para sus familias, siendo importantes los menores. Estas gentes de la cumbre, untados hasta el cuello de sangre colombiana, de todos los estratos, de niños y mujeres secuestradas y asesinadas con crueldades nunca concebidas, están programadas por magistrados y fiscales, para ocupar puestos de postín en el parlamento colombiano. Seguramente como ha sido en el pasado las embajadas estarán a su discreción mientras sean aceptadas por las naciones amigas.
Los costos del post conflicto son infinitos. Su enumeración no es del caso para una columna periodística.
Inaceptables las declaraciones del fiscal general de la nación, errado varias veces, en una entrevista la semana anterior, donde ya anunciaba las reformas judiciales, necesarias para que estos criminales no pagaran ni un día de cárcel.
Entre las muchas otras condiciones que se presentan en una negociación de esta naturaleza está el del aspecto agrario. Los representantes guerrilleros lo tienen en primer lugar. El sector agrario, siempre ha sido un reto para el país ya que está señalado para ser una de las locomotoras más promisorias por el gobierno. Siempre lo ha sido para todos los gobiernos.
El ministro de Agricultura dice que lo que se presenta en el campo colombiano es una concentración grande de tierras en pocas manos, al igual que una concentración grande de minipropiedades. En un panorama como este es necesario entender que mucha parte de la producción agrícola obliga a una organización empresarial altamente mecanizada, para ser competitiva internacionalmente. Combinarla con los minipropietarios, cuyas parcelas no les alcanzan ni para el sustento familiar, es algo que ya está en marcha y no se necesitan propuestas de la guerrilla. El propósito nacional debe ser producir al máximo de eficiencia y al máximo de competitividad. Máximos que quién sabe si la guerrilla entenderá.
Estos son costos expuestos aquí un poco al aire, pero que son reales. Mucha parte de ellos la sociedad colombiana no quisiera aceptar. Van contra todas sus convicciones.
Pero como ya estamos inmersos en esta aventura, en la cual según el Presidente el país será el gran ganador, lo indicado es que se acepte sin muchas reacciones. Siempre hemos soñado con una paz porque con ella el país tendrá un gran crecimiento económico y una tranquilidad social. Con la paz y el país en marcha se podrá tener un crecimiento fácil del 8%, colocando a Colombia entre los tres o cuatro países más importantes del hemisferio. Entonces, cerrar los ojos y tragar entero.
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