Jaime Alzate


La situación del país cada día se enreda más. El gravísimo problema de llegar a un acuerdo con los facinerosos no solo tiene una oposición creciente, sino que los mismos factores siguen alterando el producto, al extremo que nos estamos quedando sin argumentos para atacar o para defender todo este zafarrancho.
Posiblemente, después de lo mucho que se ha escrito en esta columna sobre la situación de extrema gravedad que vivimos, parezca que su autor está cambiando de lado y ha decidido a tomar partido por el bando contrario. Pero nada más alejado de la realidad, mis argumentos han sido contrarios a la decisión de este gobierno de llegar a una paz cuyas bases están cimentadas sobre falsedades de personajes fuera de la ley, cuya única filosofía durante largos y tormentosos años, ha sido una línea inamovible, con la que quieren además de tomarse el poder de manera violenta, el lucrarse con el tenebroso negocio de la droga, convirtiendo a nuestra patria en uno de los diez países más violentos del mundo.
Estoy convencido que a Santos no le pasó ni lejanamente por la cabeza que su sorpresivo anuncio de que se la iba a jugar en unas conversaciones por la paz con los bandoleros de las Farc le iba a ocasionar tan grande dolor de cabeza. Se dejó llevar por su ambición de poder, que mimetizó con un deseo inaudito de que le otorgaran el Nobel de la Paz, y no lo pensó dos veces. Se la jugó con un par de jotas, como en el póker, juego del que dicen es muy aficionado y algunos aseguran que tiene la suficiente astucia para hacerlo bien.
Pero desafortunadamente las cosas no están saliendo por el buen camino, por una razón elemental que no tuvo en cuenta como pokerista, y es que los contrincantes no son de fiar, pues son unos tramposos profesionales que dan muestras inequívocas y permanentes de su poca honestidad en su forma de actuar.
Sin tener en cuenta la fecha del 23 de marzo -es irrelevante en la situación en que estamos-, la firma de los acuerdos en La Habana se concretará en pocos días, pues ninguna de las partes, y menos los bandidos, quieren prolongar por más tiempo la farsa, ya que a estos últimos les está impidiendo irse de paseo a sus viviendas en los dulces paraísos de Europa donde ya tienen muy bien establecidas a sus familias.
Para el gobierno la situación es más difícil, porque las últimas encuestas muestran unas cifras de fracaso de la imagen del presidente que lo tienen en un 30% de aceptación. Esto hace que por ósmosis, cuando llegue el momento de que se sometan los acuerdos al escrutinio público, sea por plebiscito o por constituyente, su aprobación definitiva va a estar muy enredada, y este será el juicio final, en el cual se sabrá en qué queda todo este enredo, y cómo se va a aceptar la decisión que se tome en las urnas.
Faltan unos pocos días de incertidumbre, y ojalá los Márquez y los Gómez no sigan haciendo lo que les dé la real gana, y se nos aparezcan un día rodeados de sus secuaces, haciendo proselitismo político armado en el Congreso de la República. Aunque pensándolo bien, no sería tan malo.
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