Jaime Alzate


El oficio de periodista en Colombia, como profesión en sí, sin tener en cuenta el riesgo que se corre a cada momento de perder la vida, sería una de las más fáciles de ejercer. Sin embargo, los múltiples peligros que corren, los atentados que padecen por hacer denuncias sobre crímenes y delitos, hacen que ocupemos uno de los primeros puestos en las tenebrosas estadísticas de criminalidad contra los que ejercen este oficio. Pero tratemos hoy otros temas.
Fue muy impactante la denuncia hecha por los Estados Unidos sobre los mafiosos de cuello blanco de varios países, sobre todo latinos, cuya profesión de sobornadores ha alcanzado una altísima especialización, no solamente por las cantidades de dinero que mueven, sino por los personajes, dueños de algunas de las más importantes empresas de la construcción, que ganan licitaciones repartiendo millones de dólares como coimas entre los funcionarios responsables de las adjudicaciones.
Apenas se está comenzando a destapar el alcantarillado, y vemos con cierto optimismo que quien está al mando de esta investigación es el fiscal Martínez, quien ha demostrado honradez a toda prueba, y quien antes de haber hecho alguna acusación, nos extrañó que tan pronto hizo la denuncia ante los medios, de inmediato la Casa de Nariño protestó porque no se les había informado antes, como para haber tenido preparada la defensa por anticipado. Este caso cada vez es más misterioso, y esperemos que para el próximo escándalo de corrupción, que no demorará mucho en aparecer, ya tengamos en la cárcel, o al menos en la casa por cárcel, a los principales responsables de Odebrecht y a sus compinches colombianos. Estamos llegando a límites increíbles de corrupción y si no se le pone coto por parte del gobierno con la colaboración decidida de la sociedad civil, caeremos más profundo.
Y como si todo esto fuera poco, estamos metidos en un lío de todos los diablos, valga la redundancia, con los diablos del Eln, tal vez el grupo terrorista más tenebroso que durante años nos ha azotado no solo con el crimen abominable del secuestro extorsivo, sino con la saña con que destruyen los campos petroleros y las riquezas naturales que son la fuente de vida de nuestros campesinos a quienes descaradamente dicen defender. La finalidad del terrorismo y de las masacres, es el cultivo, el proceso y la comercialización de la cocaína, que ya se ha apoderado del mundo entero, dominando el mercado de los países más adelantados.
Difícil va a ser para Colombia combatir esta plaga, a pesar de la ayuda dudosa que se nos viene con las políticas demenciales de presidente Trump, pero sobre todo, porque las órdenes que los guerrilleros dieron al gobierno de Santos de no seguir fumigando con glifosato, de los pocos fungicidas efectivos, para que no les dañaran los cultivos, ha hecho que la producción casi se ha doblado en tonelaje. Así no es posible ni pensar en el fin del flagelo.
El panorama por todas partes se ve muy complicado y no se ve una solución efectiva por ninguna parte.
P.D.: Solo hay dos cosas infinitas: el universo, y la estupidez humana y yo no estoy tan seguro de la primera.
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