Jaime Alzate


Confieso que me equivoqué de cabo a rabo -hasta este momento- prediciendo que estaba a punto de estallar una gran pelea entre el presidente Santos y su mano derecha, en este caso zurda, el vicepresidente Vargas Lleras. Sin embargo, casi con seguridad uno de los dos no va a comer natilla estas navidades.
Aunque solo fallé en los tiempos, pues no es sino ver las reacciones que se desataron con el pasado revolcón en los ministerios, para darse cuenta que la amistad entre estos dos caballeros está más minada que la que un día unió a Santos con Uribe.
Poniéndole atención a los movimientos políticos con que nos están enredando este par de personajes, se ve corriendo mucha agua sucia por debajo del puente y aflora la poca empatía que tienen, al punto que el reciente cambio de ministros provocó una reacción contraria a la que Santos buscaba, formando otro sismo, como si fuera poco con los agarrones que diariamente tenemos en La Habana con los bandoleros de las Farc.
Se siente tanta repelencia, que ya Vargas ni siquiera asiste a las reuniones que cita el presidente, y menos si se trata de algo sobre la paz, y al abstenerse de participar está convirtiéndose en el eje primordial de política antigobierno, optando por dedicarse a su candidatura presidencial, sin poner atención a que el país se está descuadernando a pasos agigantados.
No menosprecio la capacidad de liderazgo del nieto del presidente Lleras, quien tal vez fue el mejor mandatario que ha tenido Colombia en la era moderna, sino que me da la impresión de que parte de la opinión está comenzando a tomar partido por fuera de un sartal de políticos, que por lo obsoleto de sus ideas y por sus formas politiqueras, la tienen cansada de tanta podredumbre y ansía volver a tener una patria libre de corrupción y violencia.
El panorama de los próximos meses está para alquilar balcón, no solo por el enfrentamiento de los dos ambiciosos políticos, sino porque este enredadísimo asunto de la paz no deja que exista un verdadero gobierno con capacidad de imponerse con fortaleza, sin dejarse manosear por los violentos, que se aprovechan de la debilidad y la corrupción de nuestras instituciones para atentar contra el estado de derecho, hasta ponernos en el peligro de caer en las desgracias que azotan a algunos de nuestros vecinos, que dejaron crecer su mala hora por falta de valor.
Eso de andar repitiendo que quienes no estamos de acuerdo con la estrategia de este gobierno para alcanzar la paz nos convierte en sus enemigos, es un sambenito que tiene que ser borrado del lenguaje, pues es un léxico anacrónico que en nada ayuda a la convivencia fraternal y pacífica.
Ahora llega otra pandilla de facinerosos reconocida, como los secuestradores elenos quienes se distinguen no solo por su inmensa crueldad sino que, y así lo reconocen descaradamente, llenan sus arcas con el espantoso dinero del secuestro, el peor flagelo que se pueda padecer.
Ya veremos qué tan amplio y entreguista va a ser el comportamiento de Santos con estos asesinos, porque comenzaron a imponer condiciones recibiendo por respuesta débiles reacciones que no han hecho otra cosa que envalentonarlos, agravando todo y dejándonos sin saber qué camino coger.
P.D.: Mi novia siempre se ríe durante el sexo. No importa lo que esté leyendo.
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