Luis Prieto


Petróleo a US$100, quienes vivimos hoy no lo volveremos a tener. Ese precio y cien mil barriles de producción promedio diario, como ha sido nuestro reciente pasado ya en declive, nos ha proporcionado un vivir por lo menos decente, y también un lento crecimiento económico. El gobierno se ufana más, diciendo a todos los vientos, que Colombia ha sido la tercera potencia de Latinoamérica.
La realidad es que repentinamente el precio internacional del petróleo, cayó a cuarenta - cincuenta dólares por barril en los mercados internacionales. Un desplome cuyas repercusiones estamos principiando a sentir, algo que se había temido y advertido en todos los foros colombianos y por muchos analistas del exterior. Una y otra vez se repitió que Colombia padecía la enfermedad holandesa, consistente en depender de un solo producto de exportación, en nuestro caso el petróleo. Esto en un momento inesperado como un infarto, arrastrando de paso la estructura financiera del gobierno y dando lugar a una devaluación de nuestra moneda, con consecuencias sociales inimaginables.
Colombia tuvo unos años de ensueño, explotando y viviendo de un commodity como el petróleo, con precios internacionales pactados, fruto de arreglos políticos de los grandes productores.
El gobierno, expresado en el ministerio correspondiente, nunca se dio cuenta que los árabes y los Estados Unidos, poseían un mar de petróleo para surtir el mercado mundial hasta saciarlo y mucho más para superar toda la capacidad de almacenamiento, dejando en sus entrañas millonarias reservas probadas.
El gobierno con sus ministros se engolosinó con los ingresos petroleros a cien dólares el barril y raspando la olla en donde encontrara una gota de petróleo, desconociendo reservas obligadas.
Al romperse el acuerdo de precios internacionales, el mar petrolero inundó todos los países, para mal de unos y beneficio de otros. Mal para los dependientes como Colombia y Venezuela que viven de este ingreso y bien para los países compradores deficitarios que ya lo pueden adquirir a mitad de precio.
Los gobiernos colombianos así engolosinados, se olvidaron del resto de los sectores productores, que podrían haber sido exportadores aminorando así el duro golpe de la baja cotización petrolera.
Son ellos la industria y el agro, ambos abandonados a su suerte. La industria viene en caída libre desde unos veinte años atrás, cuando era uno de los mayores integrantes en la composición del PIB, y que si hubiera tenido un acompañamiento oficial, hoy estaría participando en el mercado exterior de la nación.
Aquí la industria es interpretada como la única fuente tributaria. La última reforma la dejó rodeada de impuestos hostiles por los cuatro puntos cardinales. También es lamentable la concepción del ahorro de quienes toman las decisiones en Colombia. El gasto de los ingresos petroleros fue desaforado. Hasta para campañas políticas. Qué diferencia con Chile, que cuando llegan las vacas gordas del cobre del cual depende, ahorra lo suficiente para soportar las flacas sin endeudarse como es el caso actual.
El agro en Colombia es lo peor, con un desprecio desde siempre. Su manera de explotarlo data desde la llegada del hombre a estas tierras. Usa las mismas herramientas de entonces. Nuestros países vecinos, poblados desde la misma época, producen lo mismo y muchos frutos más que Colombia, pero con refinada técnica genética y equipos adecuados. Repetimos el ejemplo eterno. En el Brasil se produce café, la madre de nuestra agricultura, con una productividad por hectárea casi el doble de la que produce nuestros cafetales.
Ahora se ha empezado a hablar de semillas especializadas. Algo es algo. Para que nuestro país agricultor arcaico alcance un nivel competitivo, pasarán años, no menos de quince o veinte y eso si inicia ya un programa serio y técnicamente asistido. Estamos muy lejos de ser los que aplacarán la hambruna universal, tanto mencionada.
Esta soledad en que estamos desde que se perdieron, algo así como diez ocho billones de dólares por año, con la caída del precio internacional del petróleo, durará por mucho tiempo y todas las personas y hogares que vivan del peso colombiano, tendrán que reducir sus gastos por una cuantía aproximada al 50%. Estamos en el umbral de otra vida.
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