Luis Prieto


No es bueno escribir siempre sobre malas noticias. Esta columna ha oteado por todo el firmamento nacional, en busca de algo positivo para tomar aire y animar un poco a los supuestos lectores. Todo ha sido en vano.
Lo primero que se encuentra es a un presidente acosado por sus cuatro costados. La guerrilla a la que ha tratado con tanta pasión convencer para lograr una paz, se encabrita cada día más, en forma altanera. Asiste a la mesa de negociaciones a imponer sus crecientes condiciones. Su jefe Timochenko ordena a sus huestes rodear el país de acciones asesinas, matando a todo lo que significa fuerzas militares y llevándose de paso también a campesinos inocentes.
Destruir torres de energía eléctrica y oleoductos que derraman su contenido en los cauces de aguas cercanas, envenenándolas para el uso humano. La respuesta oficial es casi tolerante, mientras la convincente Fuerza Aérea colombiana, en los hangares.
El atormentado presidente le ha dado preeminencia a los viajes continuos al viejo mundo, en busca de apoyos de cortesía a su obsesionada paz, incluyendo algunos países que ni siquiera saben dónde queda Colombia. Su ausencia, permite la germinación de celos dentro de la casa de Nariño, que hacen trastrabillar el rumbo del país, amenazado por este cumulonimbo por el cual está pasando.
Seguramente este atafago presidencial no le permitió controlar la trágica reforma tributaria, que su virtuoso ministro de Hacienda le vendió a las volandas al Congreso colombiano. No quedó títere con cabeza. Tarifas desmandadas con el llamado impuesto a la riqueza a la cabeza, mamotreto copiado, nadie sabe de dónde, sumado a los impuestos regionales como prediales igualmente desbordados, llevan a las empresas al borde de la quiebra y a las personas las deja en la calle.
Pero algo más grave que debe tener al presidente bien confundido, son las movidas de las empresas hacia el exterior, movidas abiertas o silenciosas. Las reformas tributarias de su gobierno las están obligando a una especie de estampida hacia otros cielos más acogedores.
También deben causarle molestias serias al presidente, las noticias sobre la situación deficitaria del comercio exterior del país, lo que empeora la crisis causada por la caída de los precios del petróleo. La diferencia entre lo que compramos del exterior versus lo que vendemos, durante los primeros cuatro años del presente año es de cinco mil millones de dólares, y se presume que serán quince mil millones al final del 2015. Este es el castigo de la incompetencia de la producción colombiana, contra la oferta de bienes del exterior, en su mayoría de los países con los cuales tenemos firmado un TLC. Esto sí es una verdadera tragedia, porque estos tratados no pueden ser alterados. Un verdadero desangre de la economía nacional.
La mala suerte persigue a nuestro presidente. Con el cerebro esponjado con todos estos devenires, de repente le salta la liebre en el camino, personificado en su nuevo mejor amigo, el presidente de Venezuela, con un decreto por medio del cual se apersona de aguas del mar Caribe en disputa con Colombia, enviando allí tropas para incautarlas. Un decreto que llama para sí "zonas de defensa".
Esto no puede ser incidente cualquiera, en manos de un presidente dictador dispuesto a todo y en cualquier momento. Un presidente que de antemano amenaza no entregar el poder a la oposición si pierde las próximas elecciones, ya ad portas de su país y que en caso tal, si esto sucediera mucho rodará por las calles de Caracas.
El presidente colombiano, venciendo su agotamiento, le está haciendo frente a tan estrafalario incidente con la energía que el caso requiere. La cabeza caliente del vecino, puede explotar y para distraer la mala opinión ante sus gentes, nada más a la mano que incitarlas contra Colombia. Es un truco conocido.
La situación descrita es conocida, pero todavía no se sabe cuánta gente falta por entenderla.
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