Luis Prieto


Tener vivienda no es riqueza. No tenerla es la inmensa pobreza. Como todos los dichos populares, este es uno de los más sabios.
La vivienda propia es un anhelo inherente al ser humano. Es el sentimiento universal. La habitación familiar o personal, tiene un significado especial. Ocupa el primer lugar entre el conjunto de nuestro balance personal, ya sea afectivo como también económico. La contempla y la adorna permanentemente. Su propietario, cualquiera que sea su status, adquiere un talante como de rico y una superioridad que contrasta con la de aquel que todavía tiene que vivir pagando arriendo, en general en un bien arrendado. En cambio a su vivienda la avalúa y re-avalúa todos los días y se satisface y tranquiliza mentalmente, porque allí tiene un tesoro para afrontar cualquier crisis. Nadie más feliz que una familia recibiendo las llaves de la que será en adelante su residencia permanente.
Por todas esas razones y otras más, la construcción de vivienda es una de las actividades más importantes en la economía nacional. No solo en Colombia, sino en la mayoría de las naciones con algún grado de desarrollo. Es un generador de empleo excepcional. Cubre todo el espectro social y profesional. Anima con sus requerimientos, que son sus insumos, a múltiples industrias.
Pero la vivienda es la más importante en el rango de la construcción porque es la que produce amor y más sentido de pertenencia. En época de crisis como la que empieza en nuestro país, por las virtudes señaladas la construcción en general, la de vivienda especialmente, es la indicada para aminorar impactos en la economía y en la sociedad. Por eso los gobiernos la defienden a brazo partido, dándoles garantías especiales, a que haya lugar porque de llegar a morir esta noble actividad, la catástrofe nacional sería total.
Pero hay que estar con el ojo abierto. Este bien sagrado de la vivienda está sufriendo desvalorizaciones. Los bancos y entidades de crédito, empiezan a tener reparos en recibir una vivienda como garantía. O por lo menos reduciendo la apreciación de su valor.
Esta columna se atreve a una advertencia por otra medida. La demora de vender o arrendar un bien residencial. Se toma como referencia a Bogotá, donde la actividad inmobiliaria es de las más activas del continente, donde más se construye, más se demanda y más afluencia de gentes tiene en el país y por lo tanto más acciones notariales se producen.
Las cifras expuestas fueron extractadas de diferentes medios de comunicación, particularmente del periódico El Tiempo.
Hoy, vender una vivienda nueva en esta ciudad se demora 9,6 meses. Un año y medio dice la Cámara Colombiana de la Construcción. Si son del rango $400 a $600 millones, 12 meses.
En los primeros nueve meses del 2015 las ventas se desaceleraron en 10% - 12%. La Vivienda de interés social cayó 18% a la fecha. Según Fedesarrollo la disposición por comprar vivienda en 2014 era de 28% y ahora en el 2015 se ubicó en 4,7%.
La vivienda usada tiene otro movimiento. En la capital el tiempo para vender un apartamento usado es 6,4 meses. Si es una casa usada la demora es de unos 8 meses.
En el caso de arriendo la información dice que un apartamento toma 4,5 meses. Si es una casa 5,9 meses.
Estas someras pero dicientes informaciones nos indican cuál va siendo la participación de nuestra vivienda y cuál en el futuro dentro nuestro patrimonio. Si esto está pasando en la ciudad de Bogotá de tanto movimiento social y económico, donde ingresan anualmente gentes tan numerosas como las que pudiera tener el departamento del Quindío, qué decir de Manizales donde la movilidad inmobiliaria es casi nula.
Claro que un inmueble para vivir es para eso, para vivir, y no para hacer negocios. Este criterio sub-patrimonial debe considerarse como un intangible que ni se compra ni se vende dentro de los linderos familiares. Por el contrario hay que seguir el consejo clásico que reza: la mejor inversión es la que se hace en mantener y en remodelar su vivienda.
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