Luis Prieto


El nuevo Presidente de los Estados Unidos instaló el 20 de enero, entre odios y aplausos, un gobierno sin precedentes. Lo acompaña un talante desafiante. Su figura corpulenta es la de un gladiador de muchas batallas. El tono fuerte de su oratoria contribuye con sus distinciones a inundar el ambiente de temor y acatamiento. Su inmensa riqueza y sus varias bancarrotas a lo largo de su vida de empresario retratan su personalidad. Todo ello, y la singularidad del programa de gobierno expuesto el día de su posesión, advierte al mundo que ha llegado una especie de titán al solio de la presidencia más poderosa de la tierra. Que llegó a mandar, para llevar a sus linderos un crecimiento y un desarrollo que los Estados Unidos nunca han tenido.
Lo expuesto como programa de gobierno en la tribuna presidencial ha producido una alerta nerviosa y seria a todas las llamadas potencias del orbe y temblor a los pueblos que aún están en proceso de desarrollo y desequilibrio estatal.
Para Trump, su actividad presidencial será solo para el bien de su patria, los Estados Unidos. Cuidará celosamente sus fronteras no permitiendo que las pisen inmigrantes sin visa. Una visa cada día más difícil. Anuncia, para principiar, construir un gran muro que separe a Estados Unidos de México, país que produce, según él, la mayor cantidad de inmigrantes indeseables. Le tiene sin cuidado cómo los otros países cuidan sus fronteras. Igualmente deshecha los tratados comerciales y a los organismos internacionales, los cuales no tendrán ya más su presencia. Desde su posición a hoy, cada día produce desmanes y firma audaces disposiciones.
En su discurso de posesión no hizo otra cosa que repetir y predecir estos propósitos, los mismos que empleó para derrotar a sus rivales en su ascenso a la nominación, como candidato único del partido republicano.
Las reacciones que desde ese día se han producido y se siguen produciendo en los Estados Unidos no tienen mucho sentido, por inoportunas. Durante toda la campaña las mayorías tuvieron la oportunidad de derrotarlo, si los programas expuestos por Trump día noche y por largo tiempo, les hubieran producido la aversión que hoy manifiestan. Los que lo eligieron, los blancos puros del centro del país, deben estar felices porque este su nuevo presidente empezará la limpieza racial hace mucho tiempo anhelada.
El mundo externo se estremece. Un Estados Unidos solo para los estadounidenses, desconcierta a los más poderosos. No saben cómo enfrentar sus programas, todos ellos contando con un Estados Unidos abierto y colaborador. No faltan los que deciden acercarse con esperanzas y motivos geopolíticos.
Los países aún débiles y en desarrollo como Colombia, no saben qué hacer. Todos ellos han tenido a Estados Unidos como el centro de su gravedad. Sin su ayuda y para algunos sin su protección, las luces de sus horizontes se han apagado.
Colombia está dentro de ese montón, con ciertas diferencias. Hasta ahora nadie de nuestro gobierno ha podido acercarse a ese trono y pasará mucho tiempo para llegar allí. El presidente Santos dice que nada debe atemorizarnos porque este país nuestro ha sido desde siempre el socio estratégico de ese imperio.
Sueños y más sueños que nacen desde cuando el gobierno de Estados Unidos decidió acabar con las drogas de coca que estaban degenerando y corrompiendo a la juventud norteamericana. Convino con el presidente colombiano de ese entonces, arrasar con la hoja de coca y sus mafias, mediante ayudas en plata blanca y en tecnología bélica. Colombia era, como lo sigue siendo, el mayor productor de coca del mundo.
Esto fue usado también para refrescar el presupuesto nacional y combatir la guerrilla de las Farc. Una ayuda que ha sido útil para concretar acuerdos de paz con esta guerrilla y en un principio para rebajar el cultivo de coca y sus envíos al país del norte. Ese convenio está más que incumplido por Colombia. De cuarenta y cinco mil hectáreas de hoja de coca a las cuales se logró llegar mediante aspersiones aéreas de glifosato, se tienen hoy unas doscientas mil. El glifosato fue prohibido al parecer por alguna incomodidad de las Farc.
Con este fatal incumplimiento, ¿cómo se puede llegar a este Titán de los desprecios, a solicitar que por favor, continúe con esta miserable ayuda?
Cuando Trump logre descubrir la América Latina que tiene a sus espaldas y se digne fijar su mirada en un puntico que pueda ver que es Colombia, se podría intentar alguna conversación que hoy parece imposible. Conversación que no tendrá ningún efecto, porque Trump desde ya ha advertido de sus alergias a regalar plata fuera de sus fronteras.
Sin Trump y sin petróleo tendremos que trazar nuestro destino.
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