Luis Prieto


La historia de Colombia está plagada de guerra, pobreza y sangre. No solo el período de cincuenta años correspondiente a las Farc, que hoy discute un pacto generoso ofrecido por el gobierno actual, sino también a todo el lapso desde que el país nació como república independiente.
Es verdad, a partir de ese parto, Colombia ha tenido muy pocos momentos de tranquilidad y tampoco ha conocido lo que significa el concepto de paz. A partir de ese momento, que otras naciones han llamado como memorable, en Colombia fue el inicio de guerrillas y encuentros bélicos, entre militares que decían haber participado exitosamente en el proceso llamado libertador.
Durante esos años del siglo diez y nueve, este imberbe país tuvo algo así, como cuarenta y ocho revoluciones internas y sangrientas, para dirimir los territorios que dividirían el nuevo país. La tenencia de la tierra ha estado desde siempre en un panorama de disputa. Hoy sigue siendo el centro de gravedad de las pretensiones en discusión.
Este siglo culminó en lo que se llamó la guerra de los mil días, al final del siglo. No quedó piedra sobre piedra. Lo muy poco conseguido, quedó arrasado por la barbarie. El hambre llegó a límites por nadie conocido.
Esa hambre ha estado presente a todo lo largo y ancho del territorio nacional, pasto para nutrir las huestes guerrilleras en todos los tiempos. La esperanza de calmar algún día la fatiga y la muerte por hambre propia, la de sus hijos y las de sus padres, impulsan con celo a los desventurados a tomar las armas a cualquier edad, al mando de líderes muchos de los cuales persiguen otros fines no santos. Ejemplo la droga, que cuando arribó a Colombia inició un proceso de corrupción y criminalidad.
Colombia está catalogada como el país más pobre y más violento de la región. Y peor, el de mayor desigualdad social. Humillación la más dolorosa para un ser humano.
La crisis y discordancia popular se prolongó a lo largo del siglo XX, con bandas beligerantes que se fueron tomando las laderas de las cordilleras del país, donde construyeron cambuches primitivos donde vivían y practicaban las técnicas de la guerra, para enfrentar a la fuerzas armadas que pretendieron reducirlas, sin mucho éxito.
Estos insurgentes eran campesinos despojados de sus tierras por el establecimiento agrícola de ese entonces, que se valía de la policía especial llamada los “chula vitas” propias para estos menesteres. Se organizaron cuando Manuel Marulanda Vélez, campesino refugiado en el Tolima, conformó un grupo armado con sus primos y familiares para contener al ejército que los perseguía. La jefatura de Marulanda fue respetada y bajo su mando se fueron constituyendo ejércitos militares. El secuestro fue su principal ingreso, para financiar su organización.
Es importante anotar aquí que por esos años 1930-40 la actividad política del país era un desastre. La inquina entre el partido conservador al mando de Laureano Gómez y del liberal con Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras, se habían declarado una guerra de insultos, improperios, calumnias de una naturaleza tal que habían creado un odio entre sí, sin cuartel, que dividió en dos al país. Se decía que Carlos Lleras prohibía a las señoras liberales acostarse con sus maridos si eran conservadores.
Los liberales de Alfonso López Michelsen apoyaban a los prematuros guerrilleros perseguidos por los conservadores de Laureano. El partido comunista entró en acción temporalmente, pero suficiente para convencer a los combatientes que su futuro era tomarse el poder y con esa convicción, estuvieron hasta ahora.
Como se consideraba que el movimiento de Marulanda, llamado Tirofijo, era solo de reacciones sociales, todos los presidente hasta el día de hoy trataron de hacer un arreglo para terminar esta revolución. Todos fracasaron y solo hasta el presente, el proceso de paz perseguido con tanto ahínco de Juan Manuel Santos, ha tenido grandes avances pero con generosas concesiones, que van hasta posibilidades que los grandes jefes y criminales de alto vuelo, puedan alcanzar las más connotadas posiciones políticas. Un sistema judicial exclusivo para ellos fue establecido.
Estos pocos hechos históricos pretenden decir que Colombia nació pobre, y ha sido pobre casi de limosna, como el regalo reparador de los US$ 15 o 20 millones, por la escisión de Panamá y las ayudas del Plan Colombia. Y es fácil deducir que una situación como esta, es bien propicia para una revolución y más si se tiene en cuenta una diferencia social y económica de las dimensiones como la que existe en Colombia, campeona a nivel mundial.
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