Óscar Dominguez


El cuento de Monterroso dice: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Me pasó todo lo contrario: Cuando llegué, los dinosaurios Mick Jagger, cantante de los Rolling Stones, y Ronnie Wood, segunda guitarra, ya se habían ido.
Llegué con 24 horas de retraso. Y no llegué al estadio El Campín, escenario del concierto que dieron hace ochos días, sino al Museo Botero del Banco de la República.
En Colombia “todos nos llega tarde”, hasta los Rolling, que siguen tocando con la energía del seminarista divorciado de los pecados de la carne.
Las arrugadas majestades del rock le pusieron banda musical (Satisfaction) a mi generación de septuagenarios. Nosotros pusimos la letra de nuestras propias vidas.
Me perdí el concierto de los Rolling en Bogotá y no por falta de ganas. La culpa tampoco fue de la vaca sino de “mi flaca bolsa de irónica aritmética”.
Aunque mi aritmética no es tan mala. Al museo Botero habían ido dos de los Stones. Faltaba el 50%: Keith Richards, guitarrista estrella, y Charlie Watts, baterista. Como el azar siempre ha estado de mi lado, confié en que los encontraría. Falso positivo.
Jagger llegó con años de retraso al centro de Bogotá donde yo había frecuentado las gordas de Botero, comido las obleas de doña Yaneth Gutiérrez Romero y conocido a uno de sus ídolos, Jorge Luis Borges.
La vez que ambos coincidieron en un hotel de Madrid, el parcero Jagger se arrodilló y le confesó que era uno de sus ídolos y conocía toda su obra. Al oír el apellido “Jagger”, Borges le confesó que también conocía la producción de los Stones, gracias a su esposa, María. Así crearon su propia sociedad de elogios mutuos.
Hicieron alharaca porque conocieron al cantante Juanes... No saben que fui pusilánime novio de una de sus primas Ospina Vásquez, de Carolina del Príncipe. Todas las hermanas eran bellas. Nos manejaban a sus estupefactos enamorados como si fuéramos sus paraguas debajo del brazo. Lo mismo le sucedía a Agustín Lara con María Félix.
A muchos veteranos nos hicieron desertar del bolero al cual volvimos con tantas arrugas como las que ellos exhiben a manera de charreteras ganadas en combate. Porque gasta más el desabrido pato Donald Trump en sensatez que ellos en cirujanos plásticos.
Como me siguen los pasos, pronto tocarán en La Habana. Les regalo la receta para que ahorren euros: pagan una noche de hotel y luego se van a roncar donde alguna familia cubana. Hablen con el exnadaista Humberto de la Calle para que los lleve a conocer la estatua de Lennon y los invite
a oír boleros en Dos Gardenias. No se pierdan
los paladares, exquisitos guantánamos
gastronómicos.
Y para sacar un máster en lagartería hago mía la frase de una mujer a Groucho Marx, aplicada a los Stones: “Por favor, no se mueran”.
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