Pedro Felipe Hoyos Körbel


En cualquier manual de ciencia política, por básico que sea, se destaca que en una democracia el elemento articulador entre el Estado y la población de un país son los partidos políticos. ¿Qué injerencia tiene el ciudadano común en la razón y misión del Estado en Colombia? Ninguna, excepto el pago de impuestos y, por supuesto, legitimizar con su voto todo este fenómeno. El colombiano debe luchar a punta de tutelas y acciones populares por participar en la formulación de políticas estatales, y luchar por sus derechos. Un ejemplo actual y local: el nuevo POT para la ciudad. Existe la libertad de expresión y se puede criticar el desempeño del Estado, pero esa ruta, las más de las veces, no conduce a ningún lado.
En una democracia funcional, el papel mediador lo desempeñan los partidos políticos ya que estos son la suma natural de unos ideales e intereses políticos. Por ejemplo: las personas que no están de acuerdo, que no aceptan la adopción de huérfanos por personas del mismo sexo, tendrían la posibilidad de vincularse a un partido que lucha por la prohibición legal de este tipo de alternativas, al igual que los simpatizantes y parte de la comunidad homosexual ven como un avance ese cambio y se agruparán alrededor de otro partido. Como este tema hay muchísimos más, ya no hay necesidad de hablar de ideologías políticas pues estas sufrieron un fuerte declive hacia el centro, después de suspenderse la confrontación comunista-capitalista. Hoy, las características de los partidos, cuando los hay, son de origen mucho más coyunturales y focalizadas.
Esos ideales que sustentan un partido le dan coherencia a ese grupo y los líderes se comprometen a hacer todo lo posible para alcanzar esas metas, ya sean ideológicas o materiales, como lo sería el desarrollo de una obra de infraestructura.
Una explicación gráfica de esta idea es comparar al Estado con un carro en el cual el motor es el Estado; la caja de velocidades son los partidos y la transmisión sería la sociedad. Vemos como el motor funciona a muchísimas revoluciones y el carro no se mueve, ya que la caja de velocidad esta “neutra” no hay un piñón articulando la fuerza del motor-Estado con la transmisión sociedad. Ingentes esfuerzos son gastados, porque no hay partidos que cumplan esa función en Colombia. Otra posibilidad es la que sucede cuando se quiere arrancar un carro, esto debe suceder colocando la caja de velocidades en un cambio pequeño, pero aquí en Colombia vemos como pretendemos arrancar un carro en “quinta” y el motor se ahoga. Otra situación común es el cambio equivocado haciendo entonces el recorrido de Manizales a Cali en “primera” convirtiendo un recorrido que tarda 5 horas en una episodio de 50 horas, algo de nunca llegar. Vemos como la mayoría de las cosas no funcionan, a pesar de que los componentes están presentes. Al no haber partidos organizados con un fin estrictamente democrático, estos automáticamente son captados por la corrupción que los pone a trabajar con otros fines. Aquí en Colombia se cumple con las formalidades exteriores de los partidos, pero si analizamos vemos que son más vicio que democracia. No hace falta otra reforma política. Lo que necesita el país es que el ciudadano se empodere de nuevo de los partidos, los ponga a trabajar para lo que fueron diseñados, y los emancipe de tanto oportunista corrupto. Que el ciudadano rechace esa idea tibia de la sociedad civil organizada, sofisma creado precisamente para embotar la máquina creando otra figura diferente. Si Colombia da el paso para recuperar unos partidos sólidos, compuestos por ciudadanos interesados en el bien común, se puede enfrentar a cualquier reto, llámese paz, desarrollo, o prosperidad. Nada será imposible para un país articulado donde la fuerza se convierte en movimiento efectivo. Los cambios políticos de trascendencia que se han dado en el país en los últimos años se han dado aplicando exactamente estas ideas: ciudadanos empoderados y partidos democráticos. ¿Por qué fracasan? Sencillo: los corruptos que quedan sin coto de caza luchan por infiltrar y trabar el cambio.
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