Pedro Felipe Hoyos Körbel


Recibí varias reacciones desaprobando las últimas columnas en las que defiendo el patrimonio arquitectónico de la ciudad, pues alegan que esas casas viejas están impidiendo el desarrollo de Manizales. Me sorprendieron, porque no provenían precisamente de constructores o banqueros, sino de gente activa en otras ramas de la economía.
¿Por qué la gente asocia lo viejo con caduco, con estorbo? ¿Será que hay algo de complejo de inferioridad en ese tipo de apreciaciones? Si alguien aspira a tener carro, muebles "modernos" en tubo de hierro y una casa en material, porque se crió en un barrio antiguo como Los Agustinos, construido en bahareque, es comprensible que su "desarrollo" personal se materialice superando su modesto pasado.
El arraigo con su patrimonio es escaso, y cuando habla de sus ancestros bajo el influjo del aguardiente aflora la memoria de sus abuelos arrieros y campesinos. Para estas personas inmersas en una modernidad comercial el pasado no dice nada, igual que el futuro, solo un presente inmediato que perciben por medio del hipotálamo, la parte del cerebro básica que compartimos con todos los demás animales y que rige el miedo y el deseo de supervivencia. Están lejos de construir una identidad que defina su desarrollo y su patrimonio, que en ningún momento deben reñir.
Daré un ejemplo del impacto del patrimonio, partiendo de la premisa que son monumentos los que mantienen vivo un recuerdo, inducen a un pensamiento y causan una sensación.
Alemania es una de las naciones más desarrolladas en todos los campos, que invierte un 19% de su presupuesto en cultura, y por ende en la preservación de su patrimonio arquitectónico. A cargo de ese rubro está la preservación de los antiguos campos de concentración creados por Hitler, convertidos hoy en museos y monumentos. Estuve en el de Dachau, al norte de Munich, y recuerdo la impresión al ver las cámaras de gas que parecían unas bodegas embaldosadas con sólidas puertas, de pararme en el centro de una de ellas, asustado de estar inmerso en un lugar tan tétrico. Era doloroso caminar por un campo de exterminio donde sufrieron tantas gentes inocentes y que se constituye en el momento más deprimente de la historia de Alemania, y por qué no decir de la humanidad.
¿Sería desarrollo tumbar esos viejos y obsoletos edificios de dos pisos, de ventanas regulares y paredes blancas, para construir allí un conjunto habitacional en un terreno de 4 hectáreas? ¿No sería interesante demoler ese trágico recuerdo que desdice de un pueblo tan inteligente y civilizado como el alemán?
Con preservar esa vieja fábrica de la muerte, mimetizada en un suburbio de la capital bávara, no se resucita a un solo judío sacrificado por razones de ampulosas ideologías de una raza superior. Sin embargo, el gobierno y el pueblo alemán invierten grandes sumas de dinero en cuidar estos sitios y tener vigente ese oscuro momento de su historia. Están tan seguros de su identidad, que esa dolorosa historia no los acompleja. Una visita a un campo de concentración no dura una hora, pero la impresión que causa es para toda la vida. Ahora, si lo malo de una nación se recuerda con monumentos, con más razón se deben mantener los sitios positivos de una cultura como son los que exponen su arquitectura. Así como se deducen lecciones del KZ Dachau, nuestra arquitectura vetusta y vernácula nos transmite un mensaje preciso, pues nos recuerda que para ser desarrollados no podemos perder lo propio, ni olvidar nuestro peculiar modo de ser. Debemos estar orgullosos de la forma austera y campesina de construir y de vivir que hemos heredado. Desarrollo no significa que lo antiguo pueda ser reemplazado así porque sí. Solo un árbol con sanas raíces produce abundancia en su cosecha. ¡Que no se me venga con el cuento que el cemento es la quintaesencia del desarrollo! Están tan equivocados como el letrero que coronaba la puerta principal del campo de concentración que decía: "El trabajo libera". Y mucho menos, que se me señale con estar opuesto a lo nuevo, todo lo contrario, estoy abierto para algo nuevo, pero de raíz, que respete el pasado y que sea pilar de un mejor futuro.
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