Pedro Felipe Hoyos Körbel


A Colombia llegan al año aproximadamente 4,4 millones de turistas. Una buena cantidad son pasajeros de los cruceros del Caribe que atracan por un día en Cartagena, pero la mayoría son los que reciben la popular denominación de mochileros. Y en verdad, es ese el fenotipo de turistas que vemos, cada vez más, en nuestras calles y paralelamente vemos surgir un buen número de hostales que son el alojamiento preferido por ellos. Algunos expertos dicen que a países con una mal desarrollada infraestructura turística acuden estos viajeros que pocas exigencias hacen, ya que solo están dispuestos a hacer unos gastos mínimos. Mas el país cuenta con una bien desarrollada infraestructura que no ha sido promovida, o tal vez no ha sido descubierta por los inversionistas del negocio turístico mundial, que está en manos de unas pocas cadenas.
Los mochileros no provocan simpatías entre la población común. Su aislamiento, por desconocer el idioma, es por partida doble ya que no muchos colombianos saben inglés, así que no sorprende que la interactuación entre los supuestos anfitriones y los promitentes huéspedes sea poca. Si el filósofo vasco don Miguel de Unamuno decía que el racismo se superaba por medio de los viajes, este aforismo no llega a entrar en acción para el caso de los mochileros. Hay otro factor que cohíbe: la apariencia física de estas personas. Como buenos europeos, el baño para ellos es algo sujeto a su zona climática, que no induce a la gente que sude tanto, y nadie les indica que en el trópico la cosa es otra. Su vestimenta desaliñada igualmente es difícil de asimilar para una población pobre, que finca su superación personal y económica en la vestimenta.
Uno de estos viajeros que no cree ser un mochilero es Klaus Schlicht, hombre de 60 años proveniente de Alemania. Vino a viajar por Colombia durante 4 meses con su mujer y dos perros, en bicicleta. Sus comentarios me parecieron interesantísimos.
Escogió a Colombia por razones económicas ya que era el país de Latinoamérica que más se ajustaba a su presupuesto de 1.100 dólares al mes por persona. El desencuentro se convirtió en aventura. Llegaron a Bogotá, ciudad que les llamó la atención por la extensa red de vías para bicicletas, y después de ir al Museo del Oro, caminar por el centro histórico, y hacer una buena cantidad de papeles referente a sus acompañantes caninos, se dirigieron a Bucaramanga. Casi 15 días se tardaron en el trayecto, no solo por las paradas en Villa de Leiva y en Tunja. Suponía el atlético Klaus que podía hacer etapas de 35 kilómetros diarios y armar su carpa donde lo cogiera la noche. En Colombia no hay donde acampar, comentaba Klaus, explicando su demora. Nadie consiente que un forastero arme un toldo en su tierra cercada con alambre de púas. Ese aspecto no lo señalaba en profundidad su costosa guía. Ahora, la topografía agreste de Colombia le exige un gran esfuerzo físico al que quiera superar sus alturas, cosa imposible con el peso adicional de las jaulas de perros, y que los animales también se cansaban. Y para obviar la carpa surgía una solución lógica que se convirtió en una imposibilidad: muy pocos hoteles reciben viajeros con perros. El trayecto de Bucaramanga a Santa Marta lo hicieron en bus, de noche, para que los perros, después de pagar un exceso de equipaje, pudieran viajar en las bodegas evitando el calor excesivo de la Costa.
En Santa Marta, Klaus pudo entrar al parque de la Sierra Nevada y Ariana, su esposa, le correspondió esperarlo por varios días ya que no era permitido el acceso de perros al parque, y esta solución fue una de las características del accidentado recorrido de estos dos ilusos alemanes. Donde no podían entrar los perros, uno de ellos debía permanecer afuera ejerciendo la custodia de su menaje de cuatro patas.
Cartagena no fue del agrado de los viajeros. Las murallas y el fuerte de San Felipe les parecieron construcciones odiosas en cemento. Barranquilla les llamó la atención por su moderna arquitectura. De regreso al sur llegaron en bus a Medellín, que los cautivó. El clima, la gente y sus modernas construcciones causaron una grata impresión en estos viajeros que trabajan medio año, él como mulero y ella como asistencia de gerencia, para viajar el resto del tiempo por el mundo.
La región final del recorrido, que excluyó a San Agustín, fue el Eje Cafetero cuya capital es Salento. Allí estuvieron 15 días, regresando 4 días antes de su partida para hacer otra vez los trámites caninos ante las autoridades.
Al parecer este tipo de iniciativa imita a los grandes exploradores europeos que llegaron a los polos del mundo, como Amundsen o Livingston, no dejando nada para sus descendientes ganosos de imitarlos. Así que estos viajeros del siglo XXI construyen jornadas llenas de obstáculos para saciar su necesidad de viajar individual, nombre que ellos mismos le dan a esta forma de pasar por el mundo, que nos arranca un rictus de admiración muy mezclada con incomprensión.
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