Pedro Felipe Hoyos Körbel


Es difícil salir del asombro cuando se leen las noticias acerca de la amenaza que sufre el sitio histórico de la Batalla de Boyacá debido una autopista que pretende trazar, el propio Gobierno, pasando por un costado de ese altar de la Patria.
Colombia es un país en desarrollo que sufre todas las consecuencias de ese estado raquítico. La dependencia de potencias mayores, la fragilidad de su democracia y su atraso en lo cultural son características de nuestro país, a pesar de que no lo quisiéramos ver así. Un proceso de paz exitoso sería un avance notorio y estaríamos demostrando que sí poseemos un gran potencial humano capaz de terminar positivamente un conflicto que ha agobiado al país y la imagen que se tiene de él por demasiadas décadas.
Si nos remontamos a los orígenes de ese lema, a los inicios de nuestra democracia, nos debemos emplazar en esos 100 mil metros cuadrados, un poco antes de llegar a Tunja, donde se consolidó con las armas lo que se venía debatiendo desde el 20 de julio de 1810. El 7 de agosto de 1819 las tropas libertadoras provenientes de Venezuela, después de una penosa y complicada marcha, derrotaron a las tropas del rey español, ganando para la democracia gran parte de la actual Colombia. Sin esa victoria el Libertador Bolívar no se hubiera convertido en la figura histórica en la cual se transformó. Con este triunfo fue posible avanzar hasta el Perú y ganar la Batalla de Ayacucho pasando antes por las proezas de Pichincha y Carabobo, libertando al Ecuador y a Venezuela.
Si el gobierno Santos está tan empeñado en la paz, porque obtuvo una victoria en las urnas por el proceso de paz por él liderado, ¿por qué permite que un proyecto de estos que atenta contra este máximo monumento de nuestra democracia, siquiera sea admitido?
Con la victoria de Boyacá se derrotó militarmente al rey, pero igualmente se ratificó nuestra primera Constitución, la de Angostura, la primera que tenía como objeto a los habitantes de toda la Gran Colombia. Poner en peligro este monumento es un atentado contra los países vecinos y hermanos. Nos sentiríamos como herederos del general Bolívar, muy dolidos si, por ejemplo, el gobierno de Bolivia alterara negativamente el monumento de Ayacucho. Algo indescriptible estaríamos perdiendo. Un acto de esos no tendría presentación internacional.
¿Qué pensará la opinión pública mundial si el presidente Santos firma la paz con las Farc y a la vez los noticieros dan la noticia que la cuna, donde nació gran parte de la democracia de Latinoamérica, ya no existe? ¿Qué estaríamos mostrándole al mundo? ¿No pensará el mundo que somos un país con un gobierno de descastados sin honra ni dignidad, que la paz firmada solo puede ser una grotesca farsa puesta en escena por gentes peligrosas? ¿Y que pensarán del pueblo colombiano que permite tamaño desafuero? Nos tratarán mal, porque ¿quién tendrá interés en un pueblo tan indigno y permisivo? No se trata que la autopista no se haga, se trata que su curso sea rectificado, cambiar su eje por pocos metros, sin crear riesgo alguno para el campo de batalla histórico.
Cuando se habla de un pueblo indigno y permisivo ¿será que este pueblo colombiano, ahora en las elecciones de octubre, castigará a los candidatos de los partidos políticos como Cambio Radical, del vicepresidente Vargas Lleras, el gran abanderado de esa inminente destrucción? ¿Habrá un rechazo, o el sentir democrático no estará a prueba, por razones desconocidas y seguramente inaceptables, en estas elecciones de índole regional?
Al ciudadano del común, tal ponderado en los discursos políticos tildado como pueblo soberano, le corresponde luchar de nuevo ya no por la democracia, esa la logró El Libertador, sino por el monumento que simboliza ese sistema de gobierno que, supuestamente, nos rige y caracteriza. De nuevo, pacíficamente el colombiano patriota debe expresar, por todos los medios, su inconformidad por semejante atropello y sin sentido.
Una última pregunta: ¿no sería importante, ahora sí, imponer otra vez la asignatura de historia en los colegios de Colombia? Para que desde el conocimiento se puedan superar estas flaquezas, porque colombiano que es consciente de lo que pasó ese 7 de agosto de 1819 en el Puente de Boyacá no permitirá que se invierta el orden de las ideas.
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