Pedro Felipe Hoyos Körbel


Nadie espera que en un pueblo de 5.000 habitantes opere un hospital con quirófanos de última tecnología y capacidad para 250 pacientes; ese tipo de infraestructura es requerido en conglomerados humanos con más habitantes. Hay una relación precisa entre la cantidad de pobladores y la infraestructura física que debe tener una ciudad para ser feliz o por lo menos eficiente. El país ha hecho un esfuerzo para brindar ese entorno básico, solo que nuestros planificadores, al compás de estos tiempos tecnocráticos (¿o debería decir materialistas?), han descuidado por completo al ser humano. ¿Quién se ha preguntado en Colombia cuántos recitales de poesía, o cuántas obras de teatro se deben montar para cumplir esa relación entre cantidad de población y cultura, quién sabe cuál es la relación ideal entre habitantes y metros cuadrados de lienzo pintado al óleo? El subdesarrollo también se mide analizando el gasto que haga el Estado en cultura. Vemos que Inglaterra o Alemania invierten alrededor del 18% de su presupuesto en estos temas, lo comparamos con los países del muy bien llamado tercer mundo y vemos que esta inversión frisa apenas el 1% (uno). Nuestros planificadores tecnócratas han llegado al colmo de aplicar leyes económicas al manejo de la cultura hablado de autosostenibilidad de la cultura en lo concerniente a lo económico, creen en su magnífica ignorancia que a la cultura se le pueden aplicar dinámicas de oferta y demanda. Y a nivel local sabemos que las dependencias estatales encargadas del tema cultural ostentan los presupuestos más exiguos. Ahora, culpar solo a los políticos es un error, pues son parte de una sociedad que cree que puede sobrevivir a espaldas a la cultura, aunque a ellos les es más fácil corregir e implementar los cambios.
Una parte esencial de la infraestructura cultural de las ciudades, sin importar su tamaño, es tener investigada y escrita su historia. En Colombia, muy curios, cuando éramos mensos y más pobres, se redactaban esas historias. En Manizales se publicaron en 1925 tres libros sobre su pasado, y contaba con 50 mil habitantes o sea tantos como el barrio de La Enea hoy en día. 90 años después no se ha complementado esa obra. La ciudad se proyecta sin saber a ciencia cierta su pasado. Cuando uno va al médico lo primero que se encuentra sobre el escritorio del galeno es una historia clínica; para poder tratar al enfermo el facultativo necesita la relación exacta de todo lo acontecido con anterioridad. ¿Cuánto cuesta llenar ese vacío? No se necesitan $500 millones para esa trascendental tarea. No es un problema de dinero sino de actitud, de inversión de prioridades. Lo costoso de un proyecto de esta índole no es la investigación y redacción del pasado sino su sociabilización, que la comunidad conozca su historia, la use y sobre todo la concientice. Se necesitaría retomar la asignatura de historia en los colegios, capacitar a los profesores en esa ciencia. Otro aspecto importante, previo a la acometida de esta tarea, es el debate de las metodologías. Analizar lo que se ha hecho; la razón de cada enfoque; definir conceptos para plantear un criterio que abarque las necesidades locales y se ajuste a la región, porque no es redactar por redactar y llenar páginas impresas.
Una historia de verdad es algo vivo que une y relaciona a una sociedad, no un tema para expertos o juiciosos jubilados que se reúnen ciertos días al mes. La historia es un espejo donde la sociedad se puede mirar y constatar su estado. Sin esa mirada crítica, una sociedad solo ve pasar los años, pero no hace historia. Manizales está en mora en dar ese paso y abrir el camino para el resto del Departamento, para que en un lapso de tiempo, no muy largo, todos los municipios de Caldas tengan una historia competente sobre la cual fundar su identidad y su futuro. La historia de nuestras ciudades es la verdadera historia regional que aquel sabio de Riosucio y su grupo de adeptos vienen confundiendo irresponsablemente hace varias décadas causando una gran desorientación.
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