Efrain Castaño


Alguno puede sonreír pero es pensamiento bíblico; el gran Borges, el iluminado invidente sentía profundos golpes al pensar en la muerte: fue para él gran misterio hasta su muerte; es una verdad que todos sentimos cuando alguien muere: se fue, ya no está aquí, se ausentó para siempre, emigró; aquí solo queda la figura, quizá un despojo; aquí queda remanente el capullo pero la mariposa ya voló.
No hay que dudar que la muerte es un suceso trascendental, único, muy personal y que despierta en el hombre las preguntas más profundas a las que la humanidad ha dado toda clase de respuestas filosóficas y religiosas; nadie sabe lo que encontraremos después de la muerte: la nada, la plenitud o inesperadas sorpresas; morir es un término total, una etapa, ¿nada?
Los antiguos tenían de la muerte un alto concepto de misterio: grandes monumentos como las pirámides no solo egipcias sino aztecas, incas y de otras culturas dan fe del carácter religioso que alcanzaban a darle al hecho de morir.
El cristianismo, vale decirlo, le dio un sentido universal al respeto de cada ser humano que muere: el rito de sepultura, oración, destinación del cuerpo o las cenizas en un lugar especial; hace algunos días el Vaticano afirmó algunas normas aconsejando no dejar las cenizas de un humano a la deriva, tiradas al viento o en sitios no adecuados; es signo de la dignidad del cuerpo humano.
Con la costumbre de los cementerios se quiere dar a entender que una persona que muere es dignificada, respetada, su memoria conservada; cementerio quiere decir “dormitorio” o lugar de descanso para señalar que el misterio de la muerte se mira y vive con amor y fe; Ser persona es abrirse a todo misterio: de aquí nace la dignidad de la muerte.
Hoy celebra el calendario cristiano el día de todos los difuntos, es decir se hace un llamado a no olvidar a los que han partido de nuestro lado, de expresar por la oración y el afecto la memoria permanente que nos mantiene unidos.
Bello y significativo el día de ayer con el programa “un día de la otra vida” realizado en el cementerio San Esteban de la ciudad; música todo el día de 8 a.m. a 8 p.m. fue expresión hermosa de la mirada trascendental de esta realidad; no hay que olvidar que el cementerio San Esteban es uno de los más bellos de Colombia y que además de tener forma armoniosa posee verdaderas joyas de arte en las esculturas en mármol que nos remiten a las verdades plenas de la existencia y en expresiones de Cristo que impulsan la Esperanza.
El que humaniza su existencia, humaniza también su muerte; el que da sentido a su vida da también sentido a su muerte. El que muere está situado en el umbral de un mundo nuevo, ante una experiencia inédita de transición y vida; la muerte de Cristo en oblación amorosa ha dado muerte a la visión tétrica de la muerte.
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