Efrain Castaño


Tal vez ni en el mismo Vaticano se acuerden; hace 428 años empezó a lucir el bello obelisco que está en el centro de la plaza de San Pedro allá en el Vaticano.
El 10 de septiembre de 1586 la hermosa plaza de San Pedro estaba llena de curiosos alegres: ese día se colocó en el centro el bello obelisco que hasta hoy luce como monumentos y signo; el obelisco había sido traído desde Egipto en una de aquellas rebatiñas producto de vencimientos en guerras y contiendas; era signo de una pujante civilización, recuerdo de los años pasados en esclavitud en aquella tierra, constancia de un Éxodo libertario con Moisés y Josué a la cabeza.
Luciría por siglos como recuerdo de historias significativas para el Judaísmo y cristianismo: la liberación de la esclavitud en Egipto que desde la presencia de José llenó de gozo, triunfos y derrotas al pueblo de Israel, germen de la Fe para muchos.
Años después al obelisco se le sumó en lo alto una pequeña pero significativa Cruz: la de Cristo, el que guía la historia, porque es verdad que la historia de la humanidad se ilumina definitivamente con la historia de la salvación traída por Cristo; alguien resumió diciendo que la historia de la salvación es la salvación de la historia.
Se narra que se había dado una orden: nadie debía hablar durante todo el proceso de levantar el obelisco y plantarlo en forma definitiva; empezaron los trámites; todo era mirar y callar; solo se escuchaba la voz de quien dirigía el levantamiento, quien hablara sería castigado con días en la cárcel; de repente una de las sogas empezó a reventarse con el peligro de partirse y el obelisco al caer se haría añicos; siglos de historia reducidos a polvo en segundos.
El pasmo era total, el pánico se apoderó de todos, desde el papa hasta el más sencillo de los fieles que contemplaban la maniobra; de repente un campesino se atrevió a gritar rompiendo el silencio: por favor, tiren agua a la soga, humedezcan el sitio y resistirá; así lo hicieron y el obelisco al fin fue colocado intacto en su lugar. Sobra anotar que en vez de cárcel a aquel hombre le fue dada gratitud y pago por su acertado y oportuno consejo.
Alguien anotó que lo sucedido es figura de lo que acontece: cualquier ser humano puede con su opinión mejorar las cosas, dar una luz en un momento determinado, un feligrés puede desde la Fe dar una buena luz para seguir. Prueba de ello son los Movimientos eclesiales nacidos de laicos convencidos y decididos: Paulina Jaricot que crea las obras misionales Pontificias, Chiara Lubich que lanza el movimiento de los Focolares, Kiko Argüello que renueva el movimiento Neocatecumenal para el mundo.
Necesitamos la voz del laico y del sencillo a todo nivel: eclesial, estatal, familiar; sería riqueza para la marcha. Y ojalá así como en Europa cuidan bien los monumentos, en nuestra ciudad suceda igual.
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