Efrain Castaño


Como en muchos hogares, la hora gris llegó en un oscuro día a aquella familia sana, luchadora, de mediana economía, de algunos sinsabores al tener que pagar impuestos, facturas, pensiones escolares.
La lucha diaria fue minando la fuerza de aquellos padres e hijos, los esfuerzos de cada día para vivir mejor resultaban a veces ausentes en sus resultados, la enfermedad, la dificultad para conseguir lo necesario iba llenando de pesimismo muchas veces y de fatiga otras.
Fue una noche; la explosión del cansancio, de los roces crecientes, de los reclamos recalcados hizo erupción de repente y la expresión se hizo dura, de gritos y reclamos, de ataques mutuos, de inculpaciones crecientes.
La atmósfera pasó a ser casi violenta, las palabras se expresaron en insultos, la voz elevó su tono y hasta gestos de fiereza aparecieron en los rostros y la manos de aquella pareja que trabaja para perdurar en su matrimonio pero que muestra su fatiga en el momento duro que atraviesa su historia.
Sus hijos pronto mostraron preocupación y angustia, nadie quería ver el hogar perdiendo impulso de afecto y valentía; la debilidad estaba esa noche mostrando sus fieros dientes en la violencia intrafamiliar, en el cansancio y agotamiento de las jornadas trabajosas.
Allí estaba la pareja alterada casi hasta el exceso, el susto, la intranquilidad; el hijo de marca adolescente estaba conmovido, triste y preocupado; de repente tomó una decisión rápida pero serena; entró a su cuarto, tomó algo en sus manos y con atrevimiento y osadía se colocó entre sus padres que nada escuchaban, que de todo gritaban y estaban cerrados a la esperanza.
Silencio por favor y escuchen, les dijo; creo que nos hace falta usar esto que tengo entre manos y estirando su brazo entregó a su padre un libro.
Nos hace falta leer lo que este libro contiene, necesitamos beber de sus páginas y alimentarnos de su sabiduría: era la Biblia, les entregó el mensaje de Dios que les cegó como la luz que conmovió a Pablo en el camino de Damasco.
Aquellos padres frenaron de repente, callaron los insultos y reclamos y formando una unidad trinitaria se abrazaron a su hijo diciendo a una voz conmovida: gracias hijo por esta luz inmensa, por este gesto grande, por esta innegable verdad.
Gracias muchacho, por aquel gesto de palabra y de amor, de audacia y nobleza; cuánta falta nos hace en los hogares esa luz cierta de la Palabra de Dios que es roca y lucernario.
Gracias, Jesús de Nazaret por traer a nuestro mundo agitado y violento Tu Palabra de Verdad, tus gestos de amor, tus actitudes de perdón; gracias, aguerrido joven; gracias indulgente Jesús de Nazaret.
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