Efrain Castaño


En esta época de búsqueda de emociones fuertes, de novedades constantes, de éxitos en cadena, de goce diario, es tendencia el olvidar el valor auténtico y positivo del tiempo ordinario, del diario acontecer con sus simplezas, su rutina, sus acciones repetitivas, su idéntico panorama cada día y el estar rodeados de las mismas personas.
Es necesario devolver el valor al tiempo ordinario, a ese acontecer de cada día que puede llegar a ser monótono, improductivo y solitario según algunos puntos de vista; es saludable saber que ese trabajo anónimo, sencillo, no reconocido ni alabado, forma parte de nuestra normal existencia; es el valor de las pequeñas cosas y del diario laborar.
El trabajo seguro procede de las personas honradas, de aquellas en quienes se puede confiar a ojo cerrado, que no traicionan nunca y son leales a lo confiado.
El trabajo pacífico es aquel que llevan las personas responsables, que hacen todo el esfuerzo posible por hacer bien lo encomendado; como anota el P. Allamano fundador de los Padres Consolatos: “el bien hay que hacerlo bien”.
El trabajo progresista y satisfactorio nace de las personas amorosas y amables, aquellas que ponen inventiva y gusto personal a todo lo que se hace, que no ven en el trabajo una carga o esclavitud sino la manera de expresar los valores que se poseen.
Y anota Víctor Panchet con gran acierto que “el trabajo más productivo es el que realizan las personas alegres”, las que laboran con optimismo y entusiasmo, las que no tienen el ceño arrugado del mal humor sino la sonrisa abierta a todos, los compañeros, los jefes y los que lleguen a pedir un favor, una respuesta, un servicio.
La alegría no suprime las actitudes anteriores sino que es como el condimento que empapa toda actividad; con razón el Señor resalta que debemos ser sal del mundo y luz de la tierra, que es parte de la vida dar sabor e iluminación a lo que se hace.
Lo anterior explica por qué tantas personas con pergaminos y hojas de vida expresadas en múltiples títulos y méritos fracasan en muchos pasos de la vida; un robot puede llegar a saber tanto como un sabio pero le falta la expresividad alegre y cariñosa que hacen productiva la acción de vivir y servir en amor y dedicación.
Siempre es saludable mirar a Nazareth con su trabajo diario y silencioso; allí Jesús, María y José llevan una existencia sencilla, pobre pero persistente en el trabajo; allí hay taller y familia, hogar y trabajo, oración y charla en la mesa; allí se ve lo que muchos anhelamos porque hay hogar, pan diario, diálogo amoroso, trabajo productivo, oración y descanso, amor y alegría.
Volvamos a valorar el tiempo ordinario, este de cada día, escalón para expresar amor y servicio.
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