Efrain Castaño


Los ambientalistas con sus profundos estudios y conclusiones nos dicen que por causa del cambio ambiental el calor aumenta y la franja de sequedad se amplía; otros afirman que el deshielo trae aumento del nivel del mar y el agua destruirá las zonas de playa.
Otros pensadores aplican esta realidad a la vida humana y afirman que la humanidad se ha convertido en productora de escombros y basura que acabará por aniquilar y sepultar al orgulloso hombre que ha dejado los dioses y se ha cambiado a los fantasmas.
Entre sus elucubraciones solitarias y de fuego Nietszche afirmó hace ya años: "el desierto está creciendo" refiriéndose no tanto al Sahara y similares sino al corazón e interior del hombre que parece secarse y volverse árido por sus odios, dudas y miedos.
El desierto es una suma de polvillos que unidos producen la inmensidad de la aridez, el calor, la sed, el cansancio y casi la pérdida de horizontes; caer en él sin saber vivirlo es sumergirse en la desesperación que grita sin ser oída y obtener respuesta.
El desierto crece en muchos corazones aún en medio de altos edificios, comodidades sin fin, refinamientos costosos, velocidad y rapidez para obtenerlo casi todo; están llenos de cosas y saberes pero no saben aún el por qué y para qué de la existencia; nos estamos reduciendo a polvo y ceniza perdidos en un desierto aplastante.
Me llama la atención que Thomas Eliot, premio nobel de literatura en 1948 hubiese escrito en 1930 un bello poema que tiene que ver con lo que estamos comentando y lo que hoy estamos celebrando; publicó un poema que tituló: "miércoles de ceniza".
Eliot había escrito antes: "¿dónde está la vida que hemos perdido en vivir?; ¿dónde la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?; ¿dónde el conocimiento que hemos perdido en información?; veinte siglos de historia humana nos alejan de Dios y nos aproximan al polvo"; vuelve así el temor a perder la vida, a ver desmoronarse ídolos creados por el hombre, edificaciones que otrora fueron orgullo y poder, fortunas que se vuelven humo por el golpe de un dado o una veloz matemática, hogares que se hacen ceniza cuando se confunde amor con placer.
Es demostrativo de esta situación de la experiencia de la caducidad humana, de la sensación de la debilidad e incertidumbre, del miedo a ver derruirse la existencia, la exclamación de Abraham llamado el padre de la Fe cuando al dirigirse a Dios exclama: "me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza" (Gen 18,27).
Miércoles de ceniza: realidad existencial, signo ajeno a todo fetichismo, paso de realidad que ansía pasar de la duda, el miedo y el pecado a la certeza del amor, a la seguridad de salvación. Es cierto lo que afirmó Holderlin: "allí donde crece el peligro, crece también la salvación"; empecemos la Cuaresma hacia la Pascua, demos sentido al diario luchar.
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