Efrain Castaño


No fue dichoso aquel 25 de enero de 1569: ese día Felipe II de España, por real cédula, ordenó establecer el oficio de la Inquisición en América. Quienes amaban al nuevo mundo en aquella época palidecieron y sintieron dolor, aquella temible y terrible institución se trasladaría a estas tierras para cuidar la Fe y las costumbres de los habitantes de estas tierras en las cuales Europa sentía dominio y lo ejercía, miopes costumbres legales de la época.
La Inquisición nació de una buena causa como era cuidar la integridad mental y práctica de los habitantes bajo la Fe cristiana, era en su momento mirada como medio de extender la evangelización pero que desde la concepción de autoridad y tronos pronto pasó a imposición y desvaríos que llegaron hasta el castigo innoble y lejano al amor del Evangelio.
Nació esta institución en 1184 en Verona y fue ratificada en el Concilio de Letrán en 1215 hasta constituirse como institución política permanente por aquello de la protección estatal a la Iglesia y su obra; tribunal temido compuesto por representantes de la Iglesia y del Estado, con calificadores y hasta un abogado defensor del inculpado; pronto el abuso y la impiedad impusieron su máscara de horror y se difundió más la imposición y el miedo que la invitación y la profesión libre de la Fe. Mucho tiempo se tardó en volver a las actitudes de misericordia, compasión, comprensión y perdón básicas en el Evangelio.
Siglos antes se vivió algo semejante y nos lo recuerda la memoria en este 25 de enero, día que conmemora la conversión de San Pablo; este hombre levantaba la espada y tenía pensamientos de muerte frente a los cristianos por considerarlos contrarios al fariseo; estaba convencido como más tarde los de la Inquisición que había que combatir a la fuerza y hasta la sangre todo impedimento que ponga sombra a la gloria de Dios.
Pero le ocurrió algo que le salvó su vida, su existencia, sus ideales: entendió que solo desde el amor, la comunidad, la fraternidad, la tolerancia, el perdón y el diálogo iluminador es posible llegar a vivir “no en la carne sino en el Espíritu”, no en el orgullo sino en la humildad, no en el odio agrio sino en la bondad fraterna; fue su gran conversión.
Este mismo aprendizaje lo necesitamos hoy cuando muchos que atacan con razones la Inquisición son tan cerrados en el odio como aquella misma institución, cuando se ataca sin compasión pero no se da el amor, cuando se grita pero no se escucha, cuando hay violencia en las palabras y en los gestos pero no hay lugar al diálogo, al conversatorio, a la escucha y menos al perdón, a la aceptación que constata que uno puede equivocarse de pensamiento y obra pero tiene la fuerza de corregir, mejorar, hacer fraternidad, vivir el Evangelio no solo en el momento de la oración sino en la diaria acción.
Urgente y necesario aprendizaje al alcance de todos y para construir una sociedad que acoge a todos, la civilización del amor.
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