Efrain Castaño


Había cipreses, cedros, olivos y muchos otros; el diálogo se abrió entre dos troncos que quedaron del corte con hacha hecho hace pocos días; volverían a crecer porque el ciclo de la naturaleza es vital y de crecimiento; somos vida, de semilla a árboles y frutos, somos creación de una mano amante y fecunda.
Uno de los troncos contaba cómo la parte inmensa cortada por el hacha había servido en esos días para usarla como Cruz y había sido testigo de un drama nunca visto de amor, entrega y valentía; en esa cruz habían crucificado al autor de la vida que entabló en ella un combate entre vida y muerte; la importancia de aquel ajusticiado llamado Jesús de Nazaret era grande porque el empeño en su condena, la fiereza en los tormentos y azotes era muestra de su influencia, grandeza y significación para la historia.
El árbol de esa cruz se cubrió de sangre como pocos, los nudos de arriba a abajo atormentaron al crucificado que sin maldecir permaneció en ofrenda de amor, de perdón, de misericordia, de audacia; los clavos que penetraron con fiereza le hicieron gritar de dolor como idioma de un amor fiel y resistente, ni una maldición ni insulto salieron de los labios de aquel divino crucificado, alguno anotó después de muerto y verificado con la lanzada de Longinos que se cumpliría lo que en el libro santo recalca: “mirarán al que traspasaron”.
Esa cruz pasó de ser maldición a bendición, de ser patíbulo se convirtió en mensaje, de hecho ha llegado a ser signo de amor redentor, de máximo amor de Dios al hombre, de dar la vida por los que se ama y aún nos ha ofendido.
El otro tronco al fin habló y contó: la parte arrancada por el hacha la convirtieron manos artísticas en una mesa agradable y grande, en esa mesa celebró la Cena de Pascua Jesús de Nazaret con sus discípulos e íntimos, allí habló del extremo amor, de la entrega total, del distintivo infaltable para un discípulo suyo: el amor universal y constante.
Esa tarde de la cena se vivió el hecho impactante del lavatorio de los pies que mostró un Dios cercano y humilde, tierno y valiente, obrando en signos cotidianos: lavar los pies, dar el beso de paz con abrazo fraterno, tomar el pan y compartirlo para llenarse de divinidad, tomar la copa y gustar la fiesta de la fe con la constancia: “miren y vean qué grande es el Señor”.
Cena y Cruz, jueves y viernes santos están cargados de mensaje y cercanía de amor, abrazo cierto de Dios al hombre, sello firme de la encarnación, seguridad de salvación, invitación al gozo y esperanza; cena y cruz vividos en comunión del pan, la visita al monumento, la oración en familia, el camino del vía crucis, la meditación de las siete palabras, el homenaje a María la madre el sábado santo.
Pero el culmen de todo atinó uno de los troncos ya en verdor, está en el domingo de la resurrección, la Pascua, el paso de muerte a vida, la firma del amor invencible y patente presente en Jesús el Cristo; nuestra madera sirvió para la más bella historia, la decisiva gesta que salva al hombre, a la historia, a la humanidad. Feliz Pascua.
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