Efrain Castaño


El 24 de junio de 1967 el Papa Pablo VI publicó una carta que le traería rechazos y hasta burlas, como con otra anterior: "la humanae vitae" (sobre la vida humana) que le ocasionó dolor por insultos y malas interpretaciones.
Esta carta exigía valentía para escribirla en el seno de un mundo hedonista y ávido de placer; él lo sabía y sin embargo la dio a publicidad; esta carta tenía un título que estremecía por su significación en el mundo de hoy: "el celibato sacerdotal".
Hacía dos años que el Concilio Vaticano II había abierto puertas y ventanas para invitar al Espíritu Santo, el espíritu de Jesús, para que llenasen de luz la Iglesia y le diesen el dinamismo pastoral; pero ahora, decían algunos, viene el Papa con este mensaje que cierra puertas: el celibato, afirmación del no matrimonio de los presbíteros, de la exigencia de una libertad afectiva absoluta para dar la vida sin condiciones al servicio del evangelio y del mundo entero, cada presbítero está abierto al mundo entero, ha contraído bodas con la humanidad.
Después del Concilio se podía decir lo que afirmaba el obispo poeta Pedro Casaldáliga: "Dios nos libre de seglares con sotana en el espíritu; Dios nos libre de curas sin Espíritu Santo; Dios nos libre de espíritus sin la carne de la vida".
No se hicieron esperar los rechazos de todo lado; que se frenaba el servicio eclesial, que se borraba el deseo conciliar, que se atentaba contra el desarrollo de la libre personalidad que exigía ser libre en el afecto y sus expresiones.
Pero Pablo VI fue valiente; en medio de un mundo donde todos clamaban por placer, goce sin límites, abolición de toda norma: "prohibido prohibir" se decía, él planta como árbol en el centro del edén el floreciente vástago de la castidad: fue un escándalo científico, intelectual, cultural y hasta religioso.
El Papa fue claro: es urgente y hoy lo sigue siendo, una formación clara, profunda e iluminadora sobre la madurez afectiva que radica el amor en su puesto central de la existencia humana; amor que engloba los niveles físico, psíquico, y espiritual de la existencia, que incluye una visión correcta de la sexualidad.
Lo anterior es clave en el éxito de la vida porque afecta la capacidad de relaciones con los demás, la rectitud para una vida de comunidad, la calidad de la vida personal que se siente ubicada en su dimensión personal.
Que algún día sea posible la ordenación sacerdotal de hombres casados entra en las dimensiones de una pastoral que no niega esa perspectiva, pero de seguro el sacerdocio célibe seguirá su curso por su sello de entrega total, alegre y libre.
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