Efrain Castaño


Efraín Castaño Sacerdote
No es asunto de vacaciones lo que quiero narrar; es historia desgranada en acontecimientos que tejen una historia de difíciles encuentros, discutidos resultados pero certera realidad.
Sucedió la mañana del seis de enero de 1494; era el segundo viaje de Colón hacia este nuevo mundo que tenía deslumbrada su ansia de conquistar y anexar al reinado de España a cuyo servicio estaba.
En este segundo viaje ya se embarcaron misioneros que querían traer el Evangelio de Jesús de Nazaret a las nuevas poblaciones que desde la visión monárquica de le época se consideraban anexión al reino de quienes llegaban; la parte militar y guerrera hacía parte de los trámites conquistadores y conquistados desde la visión de la época.
Después de algunos días de navegación llegaron a la bella isla La Isabela, hoy Santo Domingo y Haití; desembarcaron, plantaron la bandera como signo de posesión y Colón propuso ese día, el de la Epifanía, celebrar la que llegó a ser la primera Misa celebrada en el nuevo mundo.
La mirada curiosa de los nativos era una mezcla de rabia, miedo, e interrogantes; llegaban a implantar, a imponer, a adueñarse de las tierras en nombre del rey a quien no conocían; las costumbres eran bien diferentes y lejanas a las modalidades de vivir de los nativos. Esa mañana todo se dispuso para la celebración: una mesa junto a las palmeras que servían de sombra; pero lo que llamó poderosamente la atención de los habitantes fue el sonido de un artefacto que los congregó en tono festivo y fraterno.
El padre Francisco Fray Bernardo Boyl se revistió para la Eucaristía y sus compañeros de evangelización y los compañeros de Colón entonaron cantos y oraciones que sembraron un clima de cercanía, fraternidad y mutua simpatía; la campana había cumplido el cometido de llamar la atención, acercar y reunir a todos.
Es verdad consignada en la historia de esta conquista discutida, rechazada por muchos pero implantada para siempre hasta dar el resultado de un mestizaje fecundo; hace 522 años se predicó por primera vez el evangelio en estas tierras nuevas con la celebración de aquella primera misa.
Que se gestó una raza nueva, distinta a la anterior, con cualidades y defectos, es cierto, pero lo que no se puede negar es que se forjó una raza de inmenso valor, de características vitales asombrosas por el amor al trabajo, la cualidad creativa, la inteligencia práctica, la facilidad para enfrentar la adversidad, la alegría como compañera del vivir diario.
¿Por qué en la Iglesia hay ahora un Papa que está renovando el sello de alegría, pobreza, generosidad y amor universal?, pues porque llegó al Vaticano el resultado de aquella fusión que dio como resultado una casta bravía, líder y fogosa en el amor.
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