Efrain Castaño


Era un alegre domingo; en las horas de la tarde el borriquillo llegó al corral con cierta actitud de sobresalto, susto y gozo; sus orejas mostraban regocijo; comía un poco de pasto y luego parecía distraerse mirando el horizonte; se sacudía como en danza alegre y daba unos pasitos más; esa noche poco durmió; sus compañeros de corral se preguntaban qué pasaba en su inquieto corazón.
Después de salir el sol la conversación siguió entre todos los borriquillos del corral hasta que nuestro borrico señalado contó: amigos, ayer viví sorpresa y emoción, ocasión única en mi vida que marcó para siempre mi existencia.
Se diría que el borrico aquel era el Platero de Juan Ramón Jiménez que como copo de algodón y ojazos como pasas, resoplaba juguetón y alegre, amigable y sonriente y razón tenía, pues su historia es única y su papel casi de fantasía.
Amigos, les dijo: ayer unos sencillos y bulliciosos hombres me llevaron cerca a Jerusalén, pusieron sobre mí unos mantos de enjalma y entre aplausos y gritos subieron a un noble hombre manso, pobre y sencillo a quien gritaban vivas y bendiciones.
Tras algunos pasos por el camino se congregó gente que batía palmas de honra y gozo, las ponían en el camino y yo pasaba sobre sus ramos y mantos como sobre tapete multicolor y festivo; había gritos y cantos; recuerdo que le decían hijo de David y le decían bienvenido entre aplausos y risas.
Qué día, hermanos, les dijo; me siento feliz de haber tenido sobre mi lomo a personaje tal que al terminar mandó que me dieran agua para mi sed y me acarició en el cuello y me dijo gracias y me regaló frases como “eres bello, bien trotas, eres suave y noble”; escuché a alguien decir que era “procesión de ramos y salud al Mesías”; qué día hermanos, cargué al Mesías, serví de cabalgadura al rey manso de Israel.
Todos miraban al borriquillo aquel sin envidia pero sí con encanto; le reconocían el honor vivido y la alegría sentida.
Todos podemos ser el borriquillo aquel; puedo el domingo batir un ramo o emitir un canto o frase de bienvenida a mi vida a aquel que es el salvador y rumbo para todo lo bueno; llega la semana mayor para tomar sobre mí la vida de quien ha venido a buscarme: Jesús.
Sé que cuando cargo a mi hijo, al pobre o al enfermo, le tomo a Él y como el borrico aquel le siento cercano y le hago mi amigo; Jesús de Nazaret busca quien le tome, le acepte, se goce en Él; hagámoslo en esta semana mayor; nos sentiremos mejor.
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