Beatriz Chaves Echeverry


Las mujeres que nacimos en la segunda mitad del siglo veinte no recordamos que nuestras madres y abuelas no podían votar en unas elecciones. Solo fue hasta 1954 que se aprobó el voto femenino en nuestro país, bajo el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla. Tampoco fueron reconocidas como ciudadanas hasta 1945. Las primeras cédulas de ciudadanía para personas de nuestro género se entregaron en 1956. Apenas en 1932 se le permitió a la mujer acceder directamente a sus bienes y no a través de su padre, hermanos o esposo, gracias a una ley que impulsaron Ofelia Uribe de Acosta y Georgina Fletcher.
En 1920 se presentó la primera huelga promovida por mujeres en el país, en una fábrica de textiles de Bello, Antioquia. La principal líder de dicha huelga fue una mujer llamada Betsabé Espinal, quien junto a sus compañeras exigió el pago de un salario más justo, pues por el hecho de pertenecer al género femenino ganaban mucho menos que sus compañeros; también demandaron que se les permitiera usar calzado, ya que eran obligadas a trabajar descalzas. Al entrar a laborar en una de estas fábricas debían permanecer solteras, pero eran sometidas al acoso sexual por parte de los capataces, quienes establecieron un sistema de multas para las empleadas por razones como llegar tarde, enfermarse o distraerse en el trabajo, el cual utilizaban como medio de coacción sobre ellas para obtener sus pretensiones sexuales.
El acceso de las mujeres a la educación era muy restringido y muchas veces no era bien visto ni apoyado por sus familias. Por sus méritos intelectuales mi abuela, Sofía Echeverri, fue galardonada con una beca para estudiar medicina en Francia, pero no pudo acceder a ella. Dedicó su vida a la educación y fue una mujer muy destacada en ese campo, pero qué diferente hubiera sido su historia y la de su familia si se le hubiese permitido viajar. Su sueño de estudiar medicina y educarse en París lo realizó una de sus nietas, quien ahora ejerce como cirujana en esta ciudad.
Tuve la fortuna de nacer en un hogar de pensamiento liberal, en donde hermanas y hermanos teníamos un único deber: estudiar para llegar a ser buenos profesionales y personas útiles a la sociedad. Nunca me he sentido discriminada por ser mujer ni en el ámbito laboral ni en el personal, pero eso no me impide hacer conciencia sobre lo que les costó a las mujeres que me antecedieron, tanto en mi familia como en la sociedad colombiana y mundial, para que mi condición de mujer sea digna y equitativa frente a los hombres.
En muchos lugares del mundo esto aún no se ha logrado. La premio Nobel de Paz Malala Yousafzai sufrió un terrible atentado en 2012, cuando se transportaba en el autobús escolar, por atreverse a desafiar al gobierno talibán, que había prohibido el acceso de la mujer a la educación en su país, Pakistán. El 14 de abril de 2014 unas 280 adolescentes fueron secuestradas en Nigeria por el grupo yihadista Boko Haram. Las sacaron de su escuela, a la cual le prendieron fuego; estas niñas continúan desaparecidas. Otras tantas mujeres y niñas en ese país han sufrido la misma suerte (unas 2.000, según cifras de Amnistía Internacional). El año pasado el ejército de ese país logró rescatar a 293 víctimas de este terrible crimen, doscientas de las cuales estaban embarazadas como consecuencia del abuso sexual al que fueron sometidas por sus captores.
Tanto hombres como mujeres debemos reflexionar sobre lo que la equidad de género nos ofrece; no es una suplantación de roles, es una complementariedad de los mismos; es una relación entre pares que brindan diferentes aportes a la sociedad. También propongo que en este mes de la mujer recordemos a aquellas valientes y valiosas mujeres que abrieron nuestros caminos para que hoy podamos disfrutar de una sociedad más justa y equitativa. Así mismo extendamos nuestro abrazo solidario y nuestras oraciones por aquellas que todavía sufren los oprobios del sometimiento y la frustración por la falta de oportunidades.
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