Beatriz Chaves Echeverry


Existen situaciones que nos ponen al límite, cuando nuestro mundo “conocido” tambalea y sabemos que ya nada va a ser igual. Aferrarnos al pasado no es una opción, pues en eventos como la muerte nuestra única alternativa es aceptar lo que no podemos cambiar. La enfermedad nos enseña qué frágil es este cuerpo; cuando vemos el deterioro lento e inexorable de aquellos a quienes amamos y por un asunto de edad o enfermedad, creemos que se irán antes que nosotros, pero ¿quién lo asegura? La muerte nos puede sorprender a cualquier edad y por muchas circunstancias.
La otra tarea bien difícil es aprender a soltar esos seres alrededor de los cuales ha girado nuestro mundo desde que tenemos memoria; llegamos a pensar que sin ellos nuestra vida no puede continuar, pero hay una lección aún más grande que nos espera y es la del desapego, que viene con la irrefutable realidad “nadie es indispensable”. Porque la tarea inaplazable es seguir viviendo, seguir aprendiendo, seguir amando. Continuar honrando a estos seres que se nos van a través de las buenas acciones que podamos hacer y del propósito que le demos a nuestras vidas a pesar de su ausencia.
Una metáfora bellísima de la vida y de la muerte son los mandalas de arena que construyen los monjes tibetanos. Su elaboración es todo un arte basado en las formas geométricas simples (círculo, triángulo, cuadrado, etc.) que se van entremezclando en un intrincado diseño. Mandala es una palabra sanscrita que significa círculo; un círculo de creación que contiene un todo en sí mismo. Se ha utilizado como forma de meditación en culturas como la tibetana y la hinduista. Cada color que se usa dentro de la figura tiene un significado; el rojo representa la fuerza vital, el amarillo simboliza las emociones y ayuda a liberar los miedos, el verde proyecta la tranquilidad y permite la expresión de los sentimientos, el azul estimula la comunicación y el violeta expande el poder creativo. Su elaboración tarda varios días, se hace un ritual al iniciar y otro al finalizar la figura. Su construcción lleva un proceso riguroso; inicia en el centro y se va expandiendo, como la vida misma, que inicia de dos células que se encuentran para crear un nuevo ser. Al final se recoge la arena en sentido inverso; de afuera hacia adentro, representando el final de la vida y el regreso al origen. Qué lección tan inmensa de desapego la de estos monjes; crean algo tan hermoso y después lo dejan ir; sin aferrarse al resultado, sin quererlo poseer, sin dolor al entregarlo. Así debemos asumir la muerte; pensando en el maravilloso regalo que ha sido cada instante vivido y cuando llegue el tiempo soltar el cuerpo y dejarnos ir, sabiendo que nuestra esencia verdadera retornará a su origen.
Otra virtud que tienen estos mandalas es que a través de ellos los monjes transmiten bendiciones, no solo a los afortunados que asisten a la ceremonia final, quienes reciben un puñado de esta arena como regalo, también al resto de la humanidad, pues los monjes tienen como misión devolver parte de esta arena a algún río cercano, para que la energía sanadora sea llevada a todos los lugares de la tierra. Así mismo nuestro cuerpo se disuelve, pero nuestras obras y el recuerdo que dejamos en los seres que nos aman, en aquellos que recibieron de alguna manera la bendición de nuestra existencia permanecen, como la vibración que deja la efímera presencia de estos hermosos y frágiles mandalas.
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