Luis Alfonso Arias A.


Suceden tan rápido los acontecimientos en Colombia, que a la hora de escribir una columna para un periódico se corre el riesgo que el día de su publicación las cosas hayan cambiado. Desde hace dos semanas se han dado en el país una serie de hechos tan sorprendentes e inesperados, que de la noche a la mañana han transformado el panorama político nacional y planteado un enorme reto para todo el país.
Pero si miramos las cosas sin apasionamientos, con tranquilidad y sentido práctico, no podemos perder de vista que se abrió una inmensa oportunidad para alcanzar un gran acuerdo nacional, quizás irrepetible en los próximos 50 años.
Por ello el urgente llamado a quienes encarnan todas las posiciones, incluyendo por supuesto a los que esperan hoy en La Habana, para que todos al unísono dejen atrás sus pasiones, odios, egos, vanidades, arrogancias y egoísmos. El objetivo central debe ser trabajar bajo el único propósito de dejarles a nuestros hijos un país viable y en paz, pues de lo contrario la historia nunca les perdonará, ni a unos ni a otros.
Y cuando hablamos de un país viable ello abarca múltiples aspectos, como el político, económico, social, ambiental, entre otros. Todos de suma importancia. Pero dediquemos hoy este pequeño espacio para darle una mirada fugaz a uno que también juega un papel preponderante: la economía. ¿Para dónde va? ¿Cuál es el panorama económico en medio de toda esa turbulencia política?
Cualquier análisis de la economía colombiana conlleva mirar al exterior. Y lo cierto es que la situación económica mundial no marcha bien. El crecimiento de las principales potencias es mínimo; los bajos precios del petróleo mantiene en dificultades a todo el planeta; la desaceleración económica de China ha impactado en todos los países; y los efectos del Brexit aumentan la incertidumbre y la desconfianza financiera en Europa con consecuencias para el resto del mundo.
Y merced a ese fuerte choque externo, la economía colombiana empieza hoy a sentir sus efectos. Este año se espera un menor crecimiento del Producto Interno Bruto; la inflación, salida de todos los pronósticos, ha golpeado muy duro a la población; el desempleo no cede y la informalidad laboral sigue muy alta; las exportaciones continúan cayendo; y la inversión extranjera directa se ha reducido sustancialmente.
Pero mención especial merece el fuerte desequilibrio que enfrentan las finanzas públicas como consecuencia de la menor renta petrolera y del encarecimiento de los intereses de la deuda pública externa (por el alza del dólar). Ello se traduce en un inmenso déficit fiscal en el que anualmente los egresos de la nación sobrepasan en más de 20 billones de pesos a los ingresos.
Y tristemente, gracias a ese enorme déficit fiscal, nos vemos hoy abocados a enfrentar las duras consecuencias de la reforma tributaria que muy seguramente empezará a tramitarse en el Congreso la próxima semana.
Con ella se espera tapar el hueco y hacer sostenibles las finanzas de la nación, contribuir a la financiación del postconflicto, alivianar la tributación para el sector productivo y también incrementar los impuestos a las personas naturales. ¡Ah! y de paso evitar ser ‘castigados’ por las calificadoras de riesgo internacionales para no agravar aún más el panorama económico nacional. Es decir, reforma tributaria sí o sí.
El reto en materia económica es mayúsculo y en medio de ello es evidente que el país entero reclama y añora la paz. No puede sustraerse la economía de lo que suceda con el gran acuerdo nacional que todos esperamos y reclamamos, pues el camino recorrido hasta hoy es muy significativo como para abandonarlo.
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