Juan Carlos Arias Duque


Difícil comprender la causa de la profunda crisis actual que sacude el proceso de paz: esto porque mientras que las Farc arrecian su ofensiva, según se dice para presionar un cese bilateral del fuego, el gobierno se duele de que los subversivos no aminoren sus operaciones y además ataquen a la población civil. En últimas los dos quieren que se silencien los fusiles y dejen de explotarse bombas, pero no están de acuerdo con el momento y el mecanismo para ello. O sea que están de acuerdo en reconocer que están en desacuerdo, pero que a la postre los dos persiguen el mismo acuerdo.
El Gobierno, al negarse desde el principio al cese bilateral del fuego durante los diálogos de paz, impuso la negociación en medio de la guerra, sin exigir para sentarse a la mesa, la reducción de la intensidad de la ofensiva de las Farc ni de algunos comportamientos reprochables de su contraparte. Fue en el transcurso de las conversaciones que con mucha dificultad la subversión comenzó a dar muestras de alguna generosidad, al ordenar el cese de secuestros, de reclutamiento de menores y finalmente de la ofensiva militar; gestos que se correspondieron con la suspensión de bombardeos a sus campamentos por parte del Estado.
Como sabemos, la guerrilla rompió su cese al fuego al emboscar y dar muerte a once soldados con el argumento de la necesidad de defenderse frente a operaciones militares ofensivas y como respuesta el Gobierno reanudó los bombardeos y también dio muerte a más de 30 subversivos y ha capturado otra gran cantidad.
Me duele el horror de la guerra y la pérdida de vidas de campesinos y ciudadanos humildes sin importar si son de un lado o del otro, y también por los daños que trae la guerra, y tengo claro que hemos sufrido momentos mucho más cruentos en esta demencial barbarie; y que debemos perseverar en ponerle fin. Pero no pierdo de vista que el apoyo popular al proceso va y viene como el viento, según el calor y el frío que se genere desde los gestos de los combatientes en los campos y ciudades colombianas.
En esos meses de tregua fariana nos estábamos acostumbrando a la paz gratis, sin que nada más cambiara, sin que se resolviera lo que está en el fondo del conflicto, y ahora que estamos despertando a la cruda realidad la decepción nos hace caer en la desesperanza.
El que no puede deslizarse en ella es el capitán de la nave quien al despegar tenía clara la posibilidad de turbulencia, la que siendo incómoda no afecta la seguridad del vuelo, mucho menos él, que sabe de aeropuertos alternos, que tiene conocimiento, como nadie más, de la situación atmosférica en ruta y de las condiciones de la nave. Él no se puede dejar asustar por los sacudones, previsibles desde cuando se decidió viajar no obstante pronosticarse malos tiempos. Que de ellos se preocupen los pasajeros, que no pueden controlar la nave y que sufren de vértigo; y que el capitán solo se dedique a cumplir las instrucciones del dueño de la compañía y de llevar la nave segura al aeropuerto de destino. No se desespere capitán De la Calle.
¿Será que se está agotando el modelo de negociación en el que los dos grupos llegan adustos a hacerse mala cara, a mostrarse cuánto se odian y a realizar diálogos formales y lejanos? ¿No será la hora de intentar un modelo de mediación que acerque las partes y precise con mayor prontitud los puntos de encuentro?
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