Juan Carlos Arias Duque


Soy convencido de que las pasiones son el motor de la humanidad, al punto que han motivado los avances científicos, las guerras, los ejercicios de dominación colonial, el desarrollo de las instituciones, etcétera. Las pasiones son las modeladoras de la necesidad, del ansia de vivir mejor, saberlo, dominarlo, contarlo y poseerlo todo. Y tratando de desentrañar las pasiones que presiden este momento coyuntural de la vida de nuestro país podemos pensar que, casi en general, todos tenemos rabia, miedo, desconfianza, mortificación, pero la forma e intensidad de dichas pasiones varían en los que se inclinan por cada una de las opciones frente al plebiscito. Y ciertamente las pasiones son una respuesta instintiva, desde lo más profundo del ser, que casi nunca consulta la razón.
Porque de hacerlo, no habría duda de que por lo menos el 95% del contenido del Acuerdo suscrito entre el Gobierno y las Farc solo traerá progreso a los más pobres y necesitados al punto que en vez de dudar entre si lo aprobamos o no, deberíamos estar pensando cómo le exigimos al Gobierno Nacional su cumplimiento: que se concreten todas esas intenciones del punto uno sobre desarrollo rural integral dirigido a la erradicación de la pobreza y atraso de los campesinos, del punto dos, cuyo objetivo no es otro que la ampliación de la democracia y el desarrollo del verdadero estatuto de la oposición, y del punto tres, relacionado con la solución definitiva al problema de las drogas ilícitas en el país, o del punto cuatro, sobre reivindicación de las víctimas, y por supuesto del punto cinco, orientado a que los que están en guerra se integren al pacto social.
Y en ese orden, uno podría pensar que solo votarán No quienes estén interesados en que no se democratice el acceso a la tierra cultivable, ni se reivindiquen los derechos hasta ahora aplazados de los campesinos pobres de Colombia, ni que se amplíen las garantías de participación política, así como que tampoco se resuelva adecuada y definitivamente la cadena que cargamos como productores de coca, y menos que se reivindique a las víctimas, ni tampoco que silencien sus fusiles los que se encuentran en guerra.
Pero no es así en la realidad, ya que la rabia y la desconfianza pesan más que la razón, expresada en las conquistas sociales esperadas por siglos para los pobres de nuestro país, contenidas en los puntos del acuerdo. Los que se oponen al Acuerdo no le reconocen absolutamente nada bueno. Y se quejan de que va a haber impunidad, como si de continuar la guerra pudiéramos enviar a los subversivos a la prisión que merecen, o que hay unos incentivos económicos, como si no supiéramos que son los mismos que se ofrecen desde hace décadas a cualquier desmovilizado de grupos alzados al margen de la ley, cuyo peso en el presupuesto no supera el de medio día de guerra, o que se va a permitir que se elijan al Congreso a personas que tienen cuentas con la justicia, como si la honestidad fuera la característica de nuestros dirigentes. Nada de eso les importa.
Los del Sí también tenemos temores y desconfianza, y consideramos la posibilidad de que no acertemos con nuestra decisión. Pero, en todo caso, y según la sabiduría griega, sabemos que en el fondo de la Caja de Pandora, de la que salieron todos los males de la humanidad cuando fue abierta, está la esperanza, y preferimos confiar y equivocarnos a No haber dado la oportunidad, por inviable que fuera, de que saliéramos de la guerra y por fin, conviviéramos en paz.
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