Jaime Enrique Sanz Álvarez


De conformidad con el Código Disciplinario de la Dimayor, "3. Tres amonestaciones durante tres (3) partidos consecutivos o acumulativos sin mediar una expulsión implicarán para el jugador la suspensión automática para el siguiente partido…". Cuando al término de la primera fase un equipo tiene asegurada su presencia en los cuadrangulares, su cuerpo técnico se preocupa porque los jugadores lleguen a la fase semifinal sin tarjetas, para contar con lo mejor de su plantilla. Es así como, cuando, faltando dos partidos, si uno o más, tiene dos tarjetas, cuando se juega el penúltimo de esos encuentros, les piden procuren hacerse sacar una tarjeta amarilla, para borrarlas pagando la sanción por una fecha en el último partido. Todo muy bien, aún cuando se olviden del juego limpio.
El penoso comportamiento no es propio solo del fútbol colombiano, se acostumbra en todas partes. Creo, sin embargo que la sanción debe imponerse cada vez que se ponga de manifiesto que la intención es la utilización aviesa del código disciplinario.
El pasado 2 de noviembre pudimos ver como, faltando dos o tres minutos para acabar el partido entre Huila y Santa Fe, que ganaba con justicia el conjunto opita, su técnico Fernando "el pecoso" Castro (excelente técnico manizaleño con una encomiable labor al frente de aquel equipo), lista en mano ordenaba quién debía hacer el saque de costado, para luego ordenarle demorara la acción, con lo que conseguía al tiempo dos cosas, consumir el tiempo que faltaba para terminar el encuentro y limpiar de tarjetas amarillas al infractor para los cuadrangulares, puesto que la fecha automática la paga con la última de la primera ronda. Fernando era el actor principal, la escena era grotesca, pero el fin perseguido y el rodeo, exitoso, por lo cual el técnico, como todos los demás que utilizan el ardid, se consideran ingeniosos, vivos. Como dijo "Carmelo Valencia" cuando logró el triunfo mediante sanción al equipo contrario con una falta que él fingió: "Es que el fútbol es pa`los vivos". Aún cuando, por fortuna no siempre salen bien sus argucias, el jugador fue sancionado después de la declaración.
Las triquiñuelas no son propias solo del fútbol. Las vemos en el comercio, todos hemos comprado una crema dental o una pomada ofrecida en tubos que se ven hinchados con el contenido y cuando los aplicamos se desinflan. Es famosa la historia del comerciante de ganado que ofrece un burro ciego y, cuando se le pregunta por las condiciones del animal, señalando su buena estampa responde: "No ve, hombre, no vé". También las letras pequeñas y las palabras ambiguas en los empaques o en los contratos.
Por eso, muchos abogados al elaborar el texto de los contratos prefieren incluir un preámbulo con las definiciones de los términos que pueden ofrecer distintas interpretaciones. En los acuerdos de La Habana debiera hacerse otro tanto. Si se abandona una expresión tan clara como entrega de las armas y se adopta la que ahora se menciona: Dejación de las armas que admite varias lecturas, pues definir qué se entiende por tal, no sea que se interprete que las guardan y no las usan que, a mi juicio, no es desarme. La utilización del lenguaje cuando se están buscando acuerdos es asunto delicado: Eso de llamar Guerra a lo que no es más que el alzamiento de un grupo incluso pequeño, cuando no, de narcoterroristas, trae consecuencias, porque entonces los alzados vienen y manifiestan que reconocen la autoría de todos sus actos de guerra, para amparar en ellos todas sus acciones, incluso sus desmanes, como cuando dicen que, en esos actos pueden haber cometido errores, "efectos colaterales", que dicen. O llamar paz, que es un resultado, un estado de ánimo o de tranquilidad pública, al procedimiento que busca la desmovilización de un grupo que impide el sosiego o llegar a ese estado de tranquilidad. ¿Qué tal una encuesta en la que se nos pregunte si queremos la paz? No se concibe oposición alguna. Pero, por el contrario, podemos estar a favor o en contra del procedimiento o del texto de los acuerdos y, está bien que se nos pregunte sobre ellos, porque, sí no están bien concebidos podemos llegar a un consenso que no nos traiga la paz, esto es, la tranquilidad pública y el estado de sosiego.
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