Jaime Enrique Sanz Álvarez


Decía Felipe VI, rey de España, en reciente discurso ante las Fuerzas Armadas que "Mandar es servir -Lo recordaré todos los días-". Rodrigo Marín lo tuvo siempre presente en el ejercicio de la política y en los cargos públicos que desempeñó con especial brillantez y decoro.
Quienes con él compartimos ideas y programas supimos de su dedicación. Él era el "jefe" pero no por imposición alguna, sino por convencimiento, fidelidad y dedicación a unos principios que, otros igualmente quisimos seguir. Si bien lo aprecié como líder estudiantil en las algaradas que precedieron al 10 de mayo de 1957 y la caída del dictador Rojas Pinilla, solo le traté a fondo, cuando en mi afán por ser concejal de mi pueblo, me incorporé al movimiento político que él presidía. Esa relación política directa duró muy poco por mi incorporación a la carrera judicial pero la comunión con unas ideas y principios fue constante.
Le admiré en su presentación pausada y firme. Gocé de su amistad y disfrute de su encumbramiento del cual solo se sirvió para seguir sirviendo. Manizales y Caldas tienen mucho que agradecerle a Marín Bernal por lo que hizo en el Congreso de la República y en los ministerios que ocupó, de eso ya se ha dado cuenta, pero debe ahora recordarse, pregonarse y agradecerse. Yo lo haré en dos hechos que viví en primera persona y que por discretos no son conocidos por todos los caldenses.
En 1978, la Sala Plena del Tribunal Superior de Manizales dedujo que a la administración de justicia en Caldas le hacían falta algunos juzgados municipales y dos plazas de magistrados en la Sala Civil y, puestos en la labor, la Sala nos comisionó a la Dra. Fanny González Franco y a mí para conseguirlas. Armados de la solicitud y de estadísticas acudimos a Bogotá a cumplir la misión que, chocó siempre, como una misma respuesta: El presupuesto está agotado. Un funcionario del Ministerio nos "sopló" que el ministro Hugo Escobar Sierra había mantenido una reserva de doscientos millones para alguna eventualidad. Alentados por el informe, acudimos al despacho del Dr. Rodrigo Marín Bernal, ministro de Trabajo quien, informado de los hechos, tomó el teléfono, llamó a su amigo y copartidario y, le trasmitió de nuevo nuestra solicitud. Supongo que el Dr. Escobar inició su argumentación, porque inmediatamente fue interrumpido con una carcajada por el Dr. Marín quien agregó: "No me vengas con cuentos, Hugo, tú tienes una reserva en el presupuesto y una parte de ella bien puede emplearse dándoles a mis paisanos lo que necesitan". El Distrito Judicial de Caldas recibió entonces, los juzgados y las dos plazas de magistrados solicitadas.
En 1997 viajé a Pamplona, España, para residenciarme por tres años mientras mis hijos estudiaban. Yo viví en esta ciudad en 1987 y encontré que la colonia de colombianos había crecido de forma notoria. No se trataba solo de odontólogos, médicos o estudiantes sino un gran número de trabajadoras y trabajadores que encontraron arraigo y, desde luego, trabajo en Pamplona y pueblos de Navarra. Se quejaban de las dificultades que debía afrontar para cualquier diligencia consular que les obligaba a ausentarse uno o dos días del trabajo pues debían viajar a Madrid o Bilbao. El Dr. Marín Bernal era por entonces embajador de Colombia ante el Reino de España y ante él fui con el problema. Me dijo que le dejara el tema y un poco después me expresó que la única solución posible era crear un Consulado Honorario y que yo le aceptara ser el titular. Por tres años tuvimos consulado con jurisdicción en Navarra, Zaragoza, Huesca y Teruel, con más de quinientos colombianos inscritos a quienes se les prestaba sin costos, los servicios consulares. En las elecciones para Presidente en 1998 la Embajada autorizó una mesa de votación con una alta participación. Una labor silenciosa y efectiva para ese grupo de colombianos.
Cuando, hace más de un año, Carlos Uriel Naranjo invitó a una reunión privada con el Dr. Rodrigo Marín. Corría el rumor de que sufría de Alzheimer. No fue sino llegar para comprobar lo bien que estaba. Tuvo primero unas palabras de agradecimiento, se dio gusto rememorando otros encuentros, mantenía el grave tono, con su voz ronca y pausada parecía degustar cada palabra y cada frase. Luego interactuó con cada uno de los presentes a quienes trató por su nombre y a quienes preguntó por sus asuntos personales o regionales. Flotaba en el ambiente el cariño, la amistad y el respeto por un hombre que había sabido ser jefe sin perder la dignidad. Que a la par de ocuparse de grandes cosas se preocupaba también de las pequeñas en interés de sus amigos y seguidores. Pienso ahora, que esa fue una muy buena despedida, así, como siempre fue, lo llevaremos siempre sus amigos en el recuerdo y en el corazón. ¡Como le hacen falta ahora a la patria dirigentes del talante, talla y condición de Rodrigo Marín Bernal!
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