
Julián García
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Ancízar Patiño vende dulces hace nueve años en las afueras del Colegio Gerardo Arias, de Villamaría. Mangos, chicles, bombones, papas fritas y confites es lo que reparte a diario desde su módulo metálico. “Surto los sábados. Siempre tengo productos frescos”, dijo orgulloso.
Los alumnos lo prefieren por su amabilidad, según el comerciante. “Hay mucha competencia. Me esmero por dar un servicio de calidad”. Él vive en el barrio Los Sauces, desde donde camina media hora hasta el trabajo. Abre 'el chuzo' a las 7:00 a.m., hora en la que empieza la jornada escolar.
En ese momento llega el estudiante Carlos Sánchez, quien le pide una caja de chicles. Su amigo Santiago compra un confite de 100 pesos. Suena el timbre y los dos corren apresurados, pues les van a cerrar la puerta. Más tarde, un deportista paga un cigarrillo de 250 pesos con una moneda de 200. "No tengo más dinero", le dice. Ancízar recibe la moneda.
Minutos después, un adolescente se acerca para calmar su antojo de mango. En una hora se ha hecho 3 mil pesos.
Ganándose la vida
Ancízar paga 22 mil pesos al mes por el arriendo del puesto, sin contar los impuestos. “Con el negocio mantengo a tres personas”, señaló. Toma un descanso tras un momento de venta intensa y comenta que le ha tocado camellar duro para ganarse la vida.
La mesa de los mangos luce un mantel rojo y un parasol verde protege a las frutas del sol. Allí tiene todo dispuesto: la sal y el cuchillo con el que corta las tajadas de cada mango para luego apilarlas en vasos desechables transparentes. Ancízar carga un matamoscas para espantar los insectos. No le gusta que revoloteen por encima de sus productos.
Llega Santiago, de 8 años, quien es un amante del maní dulce. En cuanto sale a descanso se dirige hacia el puesto de don Ancízar para comprar dos paquetes. Este veterano de las ventas callejeras contó que le teme al viernes 13, pues fue atracado en dos ocasiones durante esta fecha.
Atiende de lunes a domingo, de 7:00 a.m. a 7:00 p.m. Su esposa lo reemplaza los fines de semana. Dijo: “Las labores tienen que ser compartidas".
Buena parte de sus ingresos los destina para el tratamiento de un hijo, que sufre de hidrocefalia. Ancízar no se queja. Por el contrario, da gracias a Dios.
La venta es lo suyo
Don Ancízar asegura que la temporada de vacaciones escolares no afecta al negocio, pues tiene clientela propia. Anteriormente vendía revuelto. Su puesto de dulces está ubicado en la entrada del parque deportivo Villa Diana.
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