
Víctor Diusabá
La Patria | Madrid (España)
De Madrid…al cielo. Aunque pasan los años, y los toros, el viejo aforismo de la catedral del toreo sigue ahí, con las zapatillas firmes en esa arena única, contra el viento y la marea de sus detractores, empeñados en señalar a Las Ventas y su San Isidro como una exageración en que la cantidad se suele llevar de calle a la calidad.
Pero como cada mayo, la feria volvió y jugó en estas semanas, para revalidar su papel de número uno. Incluso en estos tiempos de crisis, tempestad de la que la primera plaza del mundo se echó a reír, con entradas que casi siempre estuvieron por las inmediaciones del lleno completo, y en algunas con el anhelado "no hay billetes".
Así es San Isidro: tan largo, respetable e impredecible en lo artístico, como millonario, apasionante y polémico. Y sobre todo, San Isidro es eso que decíamos al comienzo, el camino más corto para escapar al montón y hacer historia propia. ¿Qué pasó en esos 21 días de sueños e ilusiones que casi nunca llegaron a buen puerto? Esta es una mirada a los más y los menos del mundial del toreo, versión año 2013.
Ovaciones
Para quienes hicieron el toreo o tuvieron el carácter para no irse sin dejar huella. Claro está, primero, quien se asomó a la Calle de Alcalá cual pasos vivos de Semana de Pasión. Alejandro Talavante, el primero de ellos. Se fue con el rabo entre las piernas en la encerrona ante la desabrida corrida de Victorino y seis días después coronó su empeño en una faena de emoción con un interesante toro de Victoriano del Río.
Miguel Ángel Perera pudo tocar también ese techo esquivo, pero la suerte del puntillero se quedó en casa y por esa suerte tan ajena se fue con una oreja en mano, a cambio de dos. Pero dejó imagen de rotundidad.
Iván Fandiño no necesitó nada más que de un toro para decirlo todo. Lo suyo es la verdad. No conoce otra tinta y por eso terminó en la enfermería, a donde fue a parar, valiendo mucho más que en el paseíllo. Y no en euros sino en torería que se pesa en oro.
Antonio Ferrera y Diego Silvetti se ganaron el derecho al sí, que quién sabe si mañana sea no. Porque así es Madrid. Antonio recoge los frutos de su afición y de su coherencia. Es como es. Y punto. El mexicano justificó a los de su tierra, en una tarde en que cayeron piedras vestidas de granizo. Con una oreja en mano, cortó trece años de abstinencia manita en Las Ventas. Días después, su compatriota Arturo Saldívar le hacía eco y Joselito Adame completaba el trío de apéndices (fuera del abono). Moraleja: hay que contar con el toreo mexicano. Aquí y ahora.
Estos cuatro a continuación no son una cuadrilla ni una pandilla, son mosqueteros que llevarán gente a las plazas. Hablamos de la corte de Javier Castaño, un torero que los merece. Se llaman Tito Sandoval (el picador), Marco Galán (el lidiador), David Adalid (banderillero) y Fernando Sánchez (banderillero). Hacen del segundo tercio una lección de tauromaquia y belleza. El sábado 1 de junio pasará a la historia. Esa tarde, los cuatro dieron la vuelta al ruedo, con toro en la arena, luego de ejecutar las suertes con tal pureza, que el propio Cossío se hubiera tirado a sacarlos a hombros.
El público. Una ovación para un público que cumplió con la cita de siempre. Los pocos claros que se vieron en Las Ventas no hicieron otra cosa que ratificar la importancia del ciclo. Otra cosa es su baremo, esa extraña forma de medir las actuaciones, para premiarlas a veces en exceso o rayar en la mezquindad en otras. Pero San Isidro demuestra que la fiesta está viva, con todos sus defectos y virtudes de estos tiempos, porque los públicos, como los toros, nunca serán los mismos.
La marca de la Isidrada. Una marca vista como fenómeno económico y de masas. Más allá de la concurrencia a los tendidos, la Feria tiene radios de acción que se mantienen a tope. Uno de ellos es la televisión, que llega a miles de bares, en donde la fiesta tiene vida propia. Otra es la arista cultural, con sus exposiciones y lanzamientos de libros. Y una no menos importante, la gastronómica. SAN ISIDRO se escribe así, en mayúsculas.
Para un novillero colombiano, Sebastián Ritter. Puso de acuerdo a los más exigentes para que se le rindiera tributo, no solo por el valor de pegarse un arrimón de esos que hacen memoria, sino porque en ese mismo sexto de la pobre novillada de Carmen Segovia, dejó ver que hay también cabeza y maneras con los que el buen Antonio Corbacho hará que Sebastián dé más de un suceso.
Y a Diego Ventura, quien salió de nuevo por ese lugar tan familiar que le resulta, la puerta grande. Y con él, el toreo a la jineta ratificó su poder de convocatoria.
Pitos
Para las ausencias. En los tiempos difíciles como este, el toreo se nutre también de figuras. Es decir, sin ellas se puede intentar, con ellas es mucho mejor. Por las razones que sea, San Isidro no puede darse el lujo de prescindir de quienes arrastran multitudes y pasiones. Ahora bien, si es imposible tenerlas a todas, hay que procurar contar con algunas más que las que ya están y volverán el año próximo. En un mundo de egos como lo es el taurino, Madrid vale una tregua. Y como el baile, la tregua se hace con dos. Pero tampoco sobra agregar que las figuras deben estar en Madrid como figuras insaciables.
Para el viento. Ese enemigo eterno aparece cada tarde para echar a perder tantos esfuerzos e ilusiones. Con él perdemos todos. El tema ya no es de romanticismo sino de sentido común. Y la lidia del toro tampoco puede hacerse a la orilla para ver pasar los adelantos de la ciencia, si es que la discusión se centra en el plano estético de Las Ventas. Se necesita una solución pronta, limpia y efectiva. A ver quién le pone el cascabel al gato…
Para el toro. Ese, el de Madrid, al que a veces se le traiciona porque le sobra en los extremos. O resulta tan aparatoso, como para no brindar ninguna garantía, en la medida en que las leyes físicas son una cosa y los milagros, otra. O resulta tan cómodo que, como perritoro, espanta la ambición y permite la comodidad.
Para la situación de los novilleros. Primero, porque no tienen oportunidades y terminan siendo crucificados en público. Y segundo, porque casi todos viven de un libreto insulso que los pone en camino a la intrascendencia.
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